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viernes, 13 de abril de 2018

El loco

Y de repente se dio cuenta que estaba olvidando cosas, que los dolores de cabeza y las pesadillas ahora eran más frecuentes, que ahora estaba durmiendo menos que nunca, que su ánimo se había venido al piso y que la paranoia lo tenía invadido; en ese momento temió lo peor, temió perder la razón.

Viernes 13 de abril de 2018.



jueves, 22 de marzo de 2018

Adiós querido hermano

Siéntate a mi lado querido hermano,
hoy quiero contarte una historia,
voy a contarte la historia de mi vida.
Ven siéntate junto a mí,
pero date prisa porque no tengo tiempo
y dame un vaso con agua
que mi garganta y mis labios están resecos.

Acompáñame esta tarde y no te aflijas,
lo que escucharás es parte del pasado,
pero quiero desprenderme de esto,
para no llevarlo conmigo a donde voy.

Detén tu llanto ahora mismo,
las lágrimas que debían derramarse por mí,
ya las derramé yo mismo a lo largo de mis años.

Solo dame tu mano un rato,
necesito un guía de último momento.
Dile a padre que me perdone por favor
y a madre que nunca deje de orar por mi,
mi alma perdida necesitará una luz,
porque el camino que me espera es desconocido.

Protege a los nuestros y no los dejes,
cuídalos como no lo hice yo,
y si te preguntan que escuchaste esta tarde
diles que es un secreto entre los dos.

¿Sabes cuales fueron sus palabras?
Su linda frase de despedida,
me recordó mi humanidad perdida,
y no es que yo no sea consciente,
pero duele tanto que te lo digan,
duele saber que no eres nada en la vida.

Entrégame esa copa y no preguntes,
que su contenido ya no puede dañarme.
Igual es algo que necesito,
su sabor intenso para tener algo de paz,
esta es la bebida de demonios y dioses
de genios e idiotas por igual.

Ahora lo siento hermano,
siento como todo termina por fin,
solo prométeme algo por favor
que no me vas a dejar solo,
al menos no hasta que me haya ido.

Y si entre tus dedos se va mi vida
no es por dañarte que te lo pido,
es porque no tengo en quien confiarlo
y si me exhalación final te parece fría,
busca en los brazos de nuestra madre el hogar.
Que a pesar de todo, ella también me va a extrañar. 

Que nuestras hermanas me vistan de fiesta,
que me preparen para el viaje final,
que nunca será tan cruel,
como el camino por el que he venido hasta acá.



jueves, 16 de noviembre de 2017

Lager

El día que me di cuenta que estaba en el "Lager"  de mi destino, intenté huir por caminos antiguos, entre montañas y paralelo a las aguas de siempre, entre viñedos y piñares, con un libro entre mis dedos, que en general no me transmitía ningún mensaje, pero cuyas frases puntuales me atravesaban una y otra vez. Huí con la misma música de siempre, refugiado en las mismas historias y fantasías que tanto mal me hacían al volver a la realidad, pero estaba haciendo algo por mí, entendía mi problema y en ese momento, fui feliz.

16 de noviembre de 2017.

Lager: (Alemán), Expresión nazi para referirse a los campos de concentración.


domingo, 12 de noviembre de 2017

Sobre la inteligencia

"La inteligencia hace las veces de don y castigo para amargar las almas de los genios, por ende, es indudable que los tontos son más felices".

Noviembre de 2017


martes, 23 de mayo de 2017

Palabras

¿Qué pasa cuando las palabras no fluyen? cuando las emociones se atragantan en el cerebro y no encuentran por donde salir, cuando un lápiz entre tus dedos y una hoja de papel frente a ti, ya no te provocan las mismas emociones que te provocaban antes, cuando ver una hoja en blanco solo te genera una profunda nostalgia y ya no quieres escribir aquello que se acumula en tu cabeza haciendo presión sobre tus sienes como si fuera a explotar. ¿Qué sucede cuando pasas por tus antiguos espacios, por tus notas y lo único que hallas es polvo, silencio y telarañas? ¿Qué pasó con esos sueños de escribir hasta la muerte y vomitar cada sensación en un mar de letras para desahogar la presión que causan tus sentimientos en tu pecho? ¿Qué pasó con aquella emoción? ¿Qué pasó contigo? ¿Dónde están tus lapices, tus esferos y tus cuadernos? ¿En qué momento cambiaste? ¿En realidad ahora eres mejor persona o ahora solo eres un autómata inexpresivo incapaz de manifestar lo que siente? ¿Qué pasó con aquellas horas que dedicabas a diario solo para leer, releer y corregir un texto?.

La verdadera pregunta que deberías hacerte es ¿Por qué ahora las palabras no fluyen? ¿Realmente es por falta de tiempo? ¿Acaso es por falta de ganas? ¿Dónde está tu inspiración? ¿Dónde la dejaste? Respóndete a ti mismo ¿Quién se la ha llevado y qué hizo con ella?, ya no lees, ya no escribes, ya no escuchas tanta música como antes, ¿Es que acaso te diste cuenta que eres completamente incapaz de tener un equilibrio entre vivir y expresar lo que vives? ¿Eres incapaz de encontrar el equilibrio perfecto entre sentir y escribir lo que sientes? ¿Acaso ya no aspiras a la inmortalidad a través de las letras? ¿O es que acaso ahora crees que escribir solamente es para personas tristes y solitarias?, porque si es así deberías recordar que sigues el mismo de siempre aunque ahora ya no te desencajes esa ridícula sonrisa, porque tu lo sabes, en el fondo lo sabes. Porque lo has pensado, sabes que lo has pensado, sabes como terminaron todos aquellos genios a los que alguna vez admiraste y fueron tu inspiración; aquellos que se dejaron tragar por los mundos imaginarios que existían en sus cabezas, aquellos que lograron intensificar tanto esos mundos que lograron invitar a otros a que vivieran en ellos, a que soñaran los mismos sueños, a que vivieran las mismas fantasías y tuvieran los mismos miedos. ¿Acaso ahora los desprecias? ¿O es que acaso temes terminar como ellos?, o por el contrario, ¿Es que acaso la tristeza ahora es tan grande que ya ni siquiera tienes las fuerzas para levantar un lápiz de la mesa y escribir? ¿Acaso murió el mundo que vivía en tu mente o cayó en un letargo tan profundo que ahora solo es un espectro apenas latente, incapaz de despertar? ¿Acaso perdiste la poca magia de la que te podías sentir orgulloso?. 

¿Qué pasa amigo? ¿Por qué ahora las palabras no fluyen?


viernes, 30 de septiembre de 2016

Azul

La puerta está abierta y al otro lado podés ver la lluvia que cae copiosamente
pero ¿qué importa la lluvia?, si las puertas abiertas siempre son nuevas oportunidades,
nuevos caminos para recorrer, para avanzar y salir de tu celda
para muchos es tan fácil escribir sobre la tristeza, claro, es que todos la hemos sentido
a veces es tan fácil que pareciera no tener mérito alguno.
Esconderse en una fría y oscura habitación es la salida sencilla,
quejarte por las oportunidades perdidas, por el amor que se fue, por la falta de fuerza,
por la falta de ganas, por la incapacidad, la frustración y la impotencia;
es muy sencillo volver a tomar las mismas decisiones una y otra vez
seguir el mismo camino y negarse a salir, arguyendo la lluvia que cae fuera
es tan fácil rendirse y dejarse caer, cometer de nuevo los mismos errores.
Y es que cada quien es libre de hacerlo, sentirse derrotado y sumirse en la oscuridad.
Pero lo cierto es, que por mucho que llueva afuera, por muy cómoda que resulte la cueva
esa puerta que ves, que quisieras tirar para correr a tu cama y llorar abrazado a tus almohadas
continúa abierta por alguna razón y no hay tormenta, por fuerte que sea, que dure para siempre.

Septiembre de 2016.




viernes, 18 de diciembre de 2015

Hospital, Capítulo 1

Lo que veía al cruzar los pasillos de aquel hospital mental no le incomodaba, ya estaba acostumbrado pues había trabajado antes en otras instituciones similares por lo que sabía a lo que se enfrentaría de ahora en adelante como nuevo director; sin embargo le inquietaba entrevistarse con aquel paciente, le daba curiosidad saber que tenía de especial que había hecho que su antecesor se lo hubiera recomendado como "una prioridad pendiente".

El enorme hospital se dividía en varias áreas a las que el personal se refería como niveles y el doctor Henao ya tenía bastante claro como funcionaban todas. El primer nivel era el área de consultorios dónde se atendía a los pacientes que tenían citas periódicas pero que no estaban internos, era una sala de espera enorme con unas cuantas sillas, rodeada por los consultorios de los diferentes médicos, que normalmente estaba llena de personas y sus familiares esperando para ser atendidos, haciendo filas, sentados en el suelo o donde pudieran acomodarse mejor. El nivel 2 era el área del hospital dónde estaban los pacientes que habían decidido internarse por voluntad propia, ahí estaban los casos menos graves de depresión y algunos trastornos menores. En el nivel 3 era dónde estaban internos los pacientes que habían sido llevados por sus familiares por casos más graves, en esta área no era raro encontrar pacientes sedados, sentados en sus sillas o recluidos casi que por completo en sus habitaciones. La parte crítica del hospital empezaba a partir del nivel 4, ahí habían pacientes con casos graves de depresión, algunos casos de esquizofrenia y pacientes con antecedentes suicidas, muchos de los internos de esta área se encontraban medicados y por lo general permanecían sedados casi todo el tiempo. El nivel 5, era un área dedicada a pacientes con trastornos psicóticos graves, algunos eran agresivos y no era raro a partir de ahí ver escenas que a muchos podrían parecer aterradoras. Los gritos y los forcejeos entre guardias y enfermeros con algunos internos no eran situaciones ajenas a esta sala. En el nivel 6 la situación era mucho más grave que en los anteriores, muchos de los pacientes de esta área eran considerados como "peligrosos", algunos tenían trastornos bastante graves y no era raro ver a alguien en una habitación que se había hecho sus necesidades encima, verlos postrados como vegetales en una silla de ruedas o sentados hablando solos por los rincones de la sala; en esta área los enfermeros debían tener especial cuidado ya que algunos de los internos podían llegar a lastimarse a si mismos o a sus compañeros. El nivel 7, última área de aquel hospital y al que los enfermeros se referían normalmente como "la cárcel" era dónde estaban recluidos aquellos individuos que presentaban algún peligro grave para la sociedad. A diferencia de las salas anteriores los pacientes rara vez podían salir de sus celdas donde permanecían recluidos, pues se trataba de psicópatas y sujetos con trastornos críticos, algunos de ellos eran asesinos que habían sido internados por orden judicial.

El doctor Henao se dirigía sin prisa pero expectante a la habitación del interno al que debía ver esa tarde, aquel paciente se encontraba en la habitación 612, una de las habitaciones pertenecientes al nivel 6.




sábado, 8 de agosto de 2015

¡Quiero ser loco!

"Hay quienes llaman locura
 a lo que simplemente es un deseo de libertad".

Aunque ahora mi vida ha tomado el rumbo que mis padres siempre quisieron que tomara; aún recuerdo aquellos días en que lo único que me interesaba era ser libre, libre como una nube o el viento que vaga sin rumbo, libre como aquellos seres a los que despectivamente llamamos locos.

Era una tarde calurosa en la que la familia en pleno se había reunido en mi casa para celebrar una fecha especial de la que ya no tengo recuerdo. En ese momento era tan solo un estudiante, miembro de un importante colegio privado del norte de la ciudad. Mi padre que era abogado y mi madre, descendiente de una familia adinerada de finos y reconocidos personajes; hablaban a lengua suelta de mi educación, mis méritos y la universidad privada en la que yo habría de estudiar.

Gozaba yo de buena fama entre mis parientes y los amigos de mis padres. Era reconocido por mis notables logros académicos, por tocar el piano y el violín, por mi carácter apacible y porque nunca en toda mi vida había causado dolor de cabeza alguno ni vergüenzas a mis papás.

En ese momento, alguien que no recuerdo quien fue, hizo una pregunta que jamás he olvidado, a la que respondí con ligereza algo que me pareció cuerdo y noble, pero que sería para mí, causa de muchos y grandes problemas difíciles de sortear.

– ¿Qué quieres ser cuando grande? –Me dijeron–

Vacilé por un momento y luego; mirando a todos los presentes con actitud firme y descomplicada respondí:

– ¡Quiero ser loco!
– ¿Cómo? –Me preguntaron, mientras sentía las miradas de mis padres y todos los demás que se posaban rápidamente sobre mí–
- Si, quiero ser loco.

A unísono se oyó de todos una carcajada difícil de soportar, mientras a mis padres se les subían los colores al rostro a causa de la vergüenza que les daba lo que ellos llamaban broma de mal gusto e infantil respuesta, proveniente de la boca imprudente de un muchacho tonto que no entendía la seriedad de la pregunta que le acababan de formular.

Miré a todos avergonzado y con una sonrisa tímida, dije:
- No es cierto, lo que en verdad quiero es ser un médico.

Pero a pesar de mi corrección, al parecer el mal estaba hecho y mis padres descaradamente trataban de cambiar el tema de conversación, mientras se oían los comentarios y murmullos malintencionados de invitados y amigos que se burlaban de mi irreverencia, mi evidente falta de educación y modales, cosa que difícilmente podrían olvidar.

– No te avergüences muchacho, es una buena profesión la que has escogido –Dijo uno de mis tíos- Ya que con tu inteligencia no tendrás que esforzarte mucho, el problema será donde estudiar y terminar tu carrera, porque en la universidad a la que te quieren enviar no creo que la tengan y tardaran años en implementarla, a no ser que tengas una mejor idea. Me refiero claro a la locura, porque si lo que quieres es ser medico no necesitarás buscar demasiado, aunque yo personalmente no pondría mi vida en manos de un médico loco, aunque esa fuera mi única opción.

Una nueva risa generalizada hizo mi padre visiblemente ofuscado, me tomara por el brazo, me sacara del lugar rápidamente y me enviara a encerrarme en mi habitación el resto de la tarde. La noche de ese día no fue para nada mejor; ya que mis padres no dejaban de reprocharme por la enorme vergüenza que les había hecho pasar. Castigado de todas las maneras posibles me fui a dormir para tratar de olvidar el bochornoso incidente que había ocasionado mi imprudencia. 

Pasaron varios días y el incidente de mi “locura” parecía haber quedado olvidado. Me encontraba en el colegio y había sido llamado a la oficina de mi directora de curso que quería felicitarme por el magnifico desempeño que había tenido en las pruebas de aptitud. 

Después de muchos elogios y de mostrarme una revista donde aparecían los programas curriculares de las que para ella eran las mejores universidades del país, me dijo tomándome la mano:

– Tienes las cualidades y la inteligencia para estudiar cualquier cosa que te propongas, has sido todo este tiempo si no el mejor, uno de los mejores alumnos de tu curso y estoy muy orgullosa de haberte enseñado, pero quiero preguntarte algo: ¿Has pensado ya, lo que quieres ser cuando grande?
– Médico –Respondí entre dientes, agachando la cabeza–
– ¿Seguro?, conozco a tus padres personalmente y su marcado interés por que estudies medicina; pero en mi puedes confiar y si quieres estudiar otra cosa quizás pueda ayudarte.

Luego de un rato de incomodo silencio le pregunté:

– ¿Puedo confiarle algo?
– Adelante, te escucho.
– A veces sueño con ser loco.

Ella me miró con una comprensiva pero confundida mirada, suspiró y me preguntó de nuevo:

– ¿Eres consiente de lo que estás diciendo?
– La medicina me parece una carrera interesante; pero no puedo negar que quisiera ser libre de responsabilidades y de apariencias. A veces quisiera ser loco.

Mi profesora era una mujer a decir verdad intimidante, tenía alrededor de unos cincuenta años, vestía un traje azul turquí compuesto de pantalón de lino y chaqueta, no era precisamente delgada y tenía unas gafas con un horrible y grueso marco, que le daban un raro aspecto de tía solterona. Su oficina era agradable, de paredes verdes claras, tapizadas de diplomas y títulos extraños, con un librero lleno hasta el tope y un elegante escritorio de madera, con cómodas sillas tapizadas en cuero. Había una ventana que proporcionaba iluminación y ventilación adecuadas. Pero lejos de sentirme cómodo me sentía como un bicho raro a punto de ser analizado.

– ¿Y puedo saber por qué un genio como tu, quiere perder la razón?
– Yo no quiero perder la razón, yo solo quiero ser loco.
– ¿Por qué entonces?

Un fuerte suspiro y mi larga respuesta fue lo que vino a continuación:

– Para poder saludar efusivamente a mis seres queridos cada vez que los vea, para ser libre de tantas reglas absurdas, para caminar por las calles sin tener un rumbo fijo, para abandonar todo y correr tras el amor de mi vida sin pensarlo dos veces, para poder gritar cuando esté desesperado y quiera hacerlo, para andar desnudo sin vergüenza de mi cuerpo, para pasar días enteros sin tomar un baño si no me da la gana, para poder estar sin afeitarme, cortarme el cabello o peinármelo durante meses, para soltar un gas libremente cada vez que sienta ganas, para hablar solo en voz alta o a los gritos sin importarme lo que piensen los demás, para salir a la calle descalzo y correr libremente, para caminar tranquilamente bajo la lluvia, para jugar con animales callejeros y otros tipos iguales a mí que compartan mi locura, para quedarme solo en silencio mirando al infinito sin estar viendo nada o tener nada en mente, para quedarme hasta altas horas de la noche mirando las estrellas, para no tener que hacer caso a la salida del sol y dormir a pierna suelta hasta que sea medio día, para vivir sin preocuparme de lo que pueda pasar mañana, para hacer burbujas de saliva y complacerme de ello, para bailar solo y sin música cuando me sienta divertido, para reír a carcajadas fuertes cuando algo me cauce gracia, para rascarme los oídos y hurgarme la nariz cada vez que sienta algo dentro, para poder acostarme en cualquier parte cuando sienta cansancio, para llorar sin taparme el rostro cada vez que me sienta triste, para jugar libremente en una fuente en la plaza, para silbar y cantar desafinado las canciones que me gustan, para hacer caras raras y muecas solo frente a un espejo, para hacer lo que desee y decir lo que pienso sin temor a lo que digan los demás,  para crear un mundo en mi mente en el que pueda ser libre, para escapar lejos de la realidad sin importarme lo que en el exterior suceda y para hacer muchas cosas más que no podría explicarle en este momento.

– ¿Y puedo saber cómo es que piensas cumplir tu sueño, acaso piensas huir de casa con un saco al hombro y empezar a vagar por el mundo? ¿Empezar a hacer cosas que te “saquen” de la realidad?
– Claro que no, yo sólo quiero ser loco.

Mi profesora me sonrió, se acomodó en su silla y me dijo:

– Si es así, no puedo juzgarte. A veces todos quisiéramos evadir las responsabilidades que tenemos y quisiéramos escapar del mundo que nos rodea, pero eso no es posible.
– Pero… es que usted no entiende…
– Claro que te entiendo, entiendo lo que quieres decirme. Pero debes ser un poco más responsable, poner los pies en la tierra y asumir que ya no eres un niño, pronto serás un hombre que no podrá seguir viviendo siempre bajo la sombra y el cuidado de sus padres.
– Si, claro –Respondí con resignación–
– Ahora debes regresar a clase, ya que tienes enormes cualidades pero no serás un médico hasta que termines el colegio.

En el transcurso de esa semana me sorprendió ver llegar a mis padres al colegio, se acercaron a mi para preguntarme que había hecho que los habían mandado a llamar. Yo que no supe que responder, les dije un “nada” poco convincente y ellos simplemente me recordaron el castigo que me esperaba en casa, en caso de haber metido la pata. Regresé a mi salón de clases preocupado, sin saber de lo que mis padres y la profesora estaban hablando. Luego de más de cuarenta minutos de larga incertidumbre en una clase de historia a la que no estaba poniendo la más mínima atención, se acercó la profesora al salón para llamarme a su oficina. Al llegar, se encontraban ahí todavía mis padres pálidos de la ira, quienes ni siquiera me dirigieron la palabra, pero sus miradas me dijeron todo lo que necesitaba saber.

La profesora empezó dirigiéndose a mí. Me dijo que acababa de hablar con mis padres acerca de nuestra conversación de días atrás. Me preguntó que clase de problemas tenía en casa o si creía que necesitaba más afecto y compañía. Mi padre interrumpió diciendo que yo no necesitaba nada que no tuviera, que me habían dado todo lo que siempre había pedido, lo que había necesitado y que no entendían el porque de mi conducta en los últimos días. La profesora que mostraba una comprensión empalagosa continuó por decirle a mis padres lo que todos los profesores están entrenados para decir; que tenían que apoyarme, entenderme, que yo estaba entrando a una etapa muy complicada de mi vida y que lo que tal vez necesitaba no eran cosas materiales sino más comunicación y diálogo. Una larga conferencia para concluir recomendándose a mis padres que pasaran más tiempo conmigo, tuviéramos más comunicación y que si era posible me llevaran a un psicólogo.

– ¡Yo no estoy loco!  –Dije malhumorado, respuesta que a mí mismo me pareció irónica–
– ¡Cállate! –Gritó papá–
– No entiendes –Interrumpió con suavidad la profesora– Nadie dice que estés loco, pero tu si que has dicho que quieres serlo. Además un psicólogo te va a ayudar con tus problemas, en él puedes confiar, te va ayudar a encontrar la mejor solución a las dudas que ahora te bloquean.

Efectivamente, semanas después estaba sentado en una sala de espera leyendo revistas viejas, con mi madre a mi lado esperando la dichosa cita con la psicóloga. Una mujer salió a la puerta del consultorio y dijo mi nombre. Mi madre fue la primera en ponerse de pie y a regañadientes me hicieron entrar a la dichosa consulta. Fueron largas e interminables sesiones con una amable mujer a la que al final terminé haciéndole creer que lo único que deseaba era llamar la atención de mis padres, pues ya no quería dar más explicaciones acerca de mis singulares sueños de locura.

Finalmente estudié medicina más que por complacer a mis padres, por complacerme a mi mismo y la verdad no me arrepiento de ello. Ahora estoy aquí sentado recordando aquellos tiempos, mientras retomo mi cordura pues ya va a llegar mi primer paciente. Aunque admito que después de tanto tiempo, a veces, aún quiero ser loco.

Junio de 2010






viernes, 7 de agosto de 2015

03:00

Un fuerte relámpago me hizo despertar de repente, en seguida pude oir el sonido del viejo reloj marcando las tres, "aún es temprano" susurré para mi mismo tratando de volver a la realidad; cuando me percaté de aquella horrible sensación habitual de no sentir mi brazo izquierdo. Al girar me di cuenta, ella aún desnuda y con la boca entreabierta yacía dormida a mi lado, se había quedado profunda justo sobre mi brazo. Con gran esfuerzo la aparté tratando de no despertarla y como pude liberé mi brazo aún sintiéndolo inerte. Me paré de la cama, sintiendo esos molestos corrientazos y esa sensación extraña entre cosquilleo y dolor que indica que lentamente vuelve a circular la sangre. 

Busqué la botella de whiskey, los cigarros y el encendedor en la mesita de noche, recordando con una sonrisa lo ocurrido horas atrás. Me serví un vaso y me fui a la ventana para poder fumar al aire libre, pues a pesar de todo sigo detestando el olor a tabaco en un recinto cerrado. Un nuevo relámpago iluminó la habitación dejándome ver sus ligueros y su corsete tirados por el suelo. "arrecia tormenta" susurré sintiendo un ligero escalofrío correr por mi espalda mientras le daba un trago a mi vaso y una calada al cigarro, mirando la soledad del parque afuera de casa. Ahí estaba de nuevo, ese dolor de cabeza que me está matando, el mismo dolor que me ataca todas las madrugadas a la misma hora.

"Esto no está bien" pensaba con amargura cuando un leve quejido irrumpió el silencio de la habitación. Era ella, agitándose incómoda mientras se quejaba por lo bajo; al acercarme y tocarla noté como sudaba y se movía intranquila, ahí estaban de nuevo sus pesadillas. La abracé y me tendí a su lado para cuidarla, acariciando su frente y tratando de calmarla, sin embargo mis esfuerzos fueron inútiles, por más que susurré a su oído y le tomé la mano, sabía lo que venía. Algo terrible la está atormentando y a mí me atormenta el hecho de no poder ayudarla.

Salí de la habitación mientras me ponía la ropa, un paso rápido por el lavabo me forzó a mirarme al espejo, mientras podía oír como la imagen del otro lado me replicaba "Abandonas, otra vez abandonas". Al salir de casa una última mirada a la fachada me rompió el corazón, la pena de una promesa no cumplida sin darme la oportunidad ni siquiera de pedirle perdón.

Caminé unas cuantas cuadras hasta llegar a la iglesia con la sola luz de un nuevo cigarro y unos cuantos relámpagos ocasionales iluminando mis pasos, mientras el viento me susurraba al oído "Abandonas, otra vez abandonas". Al llegar al atrio pude ver aquellas tres sombras paradas inmóviles, al acercarme dos de ellas me rodearon mientras la otra me seguía dando la espalda; uno a uno los recorrí a todos con la mirada mientras recitaba sus nombres, el primero a mi lado derecho, "El demonio del miedo", la segunda a mi lado izquierdo, "La muerte" y el tercero que no se dignaba a mirarme "El destino". Al mencionarlos los dos de los lados me miraron satisfechos y al preguntarles si me estaban esperando respondieron los tres al unisono con un "Si" que me heló la sangre.

Antes de marcharnos el de la derecha me tomó por el brazo preguntando:

- ¿Sabes? ella estuvo dispuesta a entregarse a mí, sólo para que yo no te hiciera más daño.

A lo que le respondí calándome mi máscara de la felicidad:

- Si, lo que ella nunca supo es que no podía salvarme.

Agosto de 2015.


domingo, 29 de marzo de 2015

Lechuza-Papillòn

Aquí dejo una imagen de un montaje que hice ya hace algunos años de una de tantas ideas raras que se me cruza por la cabeza, ¿lo llamativo? que la hice usando sólo Power Point, Paint y el en ese entonces Microsoft Photo Editor, nada de Photoshop, Corell Draw ni otros programas de edición avanzada (Si yo sé, tenía tiempo libre).

Lechuza-Papillòn, año 2011.

viernes, 30 de enero de 2015

Mundo de Pesadilla

                                            ¿Qué es lo más terrible de un mal sueño, el mal sueño en si mismo o la pesadilla de volver a ver el mundo?

El recuerdo de lo sucedido y el triste estado al que condené sin intención a mi pobre primo durante tantos años, me hacen sentir indignado por la culpa que me consume y por los ojos de reproche y lastima con los que me mira el resto de la familia. Hoy ha sido su funeral después de permanecer postrado en una silla con la mirada perdida en ningún sitio como si fuera un maniquí, una burla de lo que en algún momento se pudiera llamar un ser humano. Me atormenta el recuerdo de su aspecto antes de morir, que me causaba indignación y culpa, una culpa tan insoportable como eterna al saber que fui yo quien lo postré en ese solitario rincón de la sala, en el que quedaron sepultados para siempre todos sus tormentos. Me aflige profundamente el recuerdo de sus ojos amarillentos de pupilas vacías, abiertos siempre, que era necesario hidratar varias veces al día para evitar que se secasen, sus ojeras pronunciadas, su esquelético cuerpo inmóvil, dependiente por completo de los cuidados de mi madre, con los brazos caídos sobre los descansos de la silla y su pose ligeramente inclinada que me atormentaba recordándome los monjes que se sacrificaban por sus creencias. Pero no siempre había sido así, recuerdo que cuando niños compartimos los más alegres momentos juntos en los jardines y los rincones de nuestra enorme casa familiar.

Todo empezó un dia al regresar de un viaje de estudio tras unos tres años de no ver a mi familia, a partir de esa tarde ya nada sería igual. Estábamos reunidos todos en la sala disfrutando del reencuentro, cuando mi primo del que yo había notado cierta actitud extraña y distante como si muy poco le emocionara el hecho de volver a verme después de tanto tiempo a pesar de haber sido tan unidos en la niñez; cayó desvanecido al suelo, inmóvil, con los ojos entre abiertos, la mandíbula descolgada y chorreando por su mejilla un delgado hilo de baba. Nuestra alteración fue tan tremenda al no entender lo que le estaba pasando, que gritamos y lo llamamos desesperados mientras lo sacudíamos como un saco de harina hasta que mi hermano menor y mi novia hicieron la observación de que debía verlo un médico de inmediato.

Lo llevamos a la clínica más cercana; pero lo único que los médicos fueron capaces de diagnosticar en ese momento es que mi primo había tenido un ataque de “shock” tal vez a causa de la emoción de verme nuevamente. A partir de ese día la actitud de mi primo se hizo nostálgica, distante y sus ataques de “shock” se presentaron cada vez con mayor frecuencia, sin que los médicos pudieran dar un diagnostico acertado de la grave enfermedad que lo atormentaba. Siempre al despertar de cada evento decía haber sido presa de horribles visiones que se negaba a relatarnos mientras temblaba de miedo y muchas veces se levantaba temblando, gimiendo en las noches y bañado en sudor diciendo ser victima de horribles pesadillas.

Sin que él me dijera nada y sin hacer caer en cuenta de mis observaciones a ningún otro miembro de la familia noté que gran parte de sus tristezas estaban relacionadas más con una dama misteriosa de la que nunca me habló mucho que con su lastimosa enfermedad e incluso llegué a pensar que esta última fuera producto de la misma pena que lo embargaba a diario. Fue entonces cuando me entregué por completo y en secreto (excepto para mi primo) al estudio de la mente y de sus cualidades y otros temas relacionados, al mismo tiempo que continuaba mi carrera para distraer a los otros miembros de mi familia, pues sin lugar a dudas me hubieran tachado de loco. Conseguí gran cantidad de libros relacionados con el tema y siempre mantenía al tanto de mis avances y mis nuevos descubrimientos a mi primo, que aunque decía sentir una gran admiración hacía mis progresos, se mostraba de cierto modo indiferente y pesimista al hecho de que yo pudiera encontrar la forma de ayudarlo, mientras seguía siendo victima de los síntomas de su terrible y desconocido padecimiento. Desde entonces simulé ante él haber dejado en el olvido todo lo relacionado con el tema de la dama que lo atormentaba pues pensé que si se daba cuenta que una eventual incursión mía en su mente me revelaría algún detalle de ese hecho tormentoso muy seguramente se negaría por completo a dejarse ayudar por mi parte.

¡Ay de mí!, si tan solo en ese momento alguien hubiera averiguado nuestras intenciones, si tan solo mi primo se hubiera negado a ser participe de mis propósitos y mi infeliz conejillo de indias… Tal vez para este momento la medicina ya hubiera encontrado la cura a los males que lo aquejaban, o tal vez en algún momento hubiera dejado de padecer tan penosa enfermedad de repente, de la misma forma como la había contraído. Pero no, seguimos con nuestros planes e incluso en estos momentos soy capaz de dar horas de cátedra acerca de un área del conocimiento que me repugna y todas sus teorías a muchos estudiosos que cuentan con grandes títulos en el tema y que llevan años sumidos en este estudio, pues en aquel momento me obsesioné tanto con tales investigaciones que incluso la mujer que todos suponían se convertiría en mi esposa se alejó de mi lado, alegando el terrible abandono en el que la había dejado.

Sin importarme lo que ocurría a mi alrededor, llegué a la conclusión de que la forma más eficaz de ayudar a mi primo era practicar con él sesiones de hipnotismo  regresión con las que yo pudiera llegar al fondo de su subconsciente y averiguar por fin el origen directo del mal que lo aquejaba. Así se lo hice saber y el aceptó con la resignación de las personas moribundas que prueban medicinas solo por hacer todo lo posible para salvarse aunque ya hayan perdido las esperanzas. Algunos de los conocimientos más importantes que adquirí, fueron las bases necesarias para llevar a cabo una sesión exitosa de hipnotismo. Estas bases eran; la concentración de su atención por completo en algo para el momento del experimento, desviando así por completo la atención de mí y de lo que me proponía a hacer; lo segundo era la expectación que había creado en él haciendo ciertos trucos con otros miembros de nuestra familia que le hacía notar, haciendo que obedecieran ordenes inesperadas de mi parte en algún momento de la cotidianidad o haciendo que se sintieran sensaciones extrañas a mi antojo dándome ante mi primo ciertas ínfulas de poder sobrenatural que no dejaban de causar en él curiosidad; en tercer lugar y más importante que nada era la fe que yo mismo me había encargado en fomentar de él hacía mi parte enseñándole todos mis avances y los notables resultados que habían tenido estas practicas en otros casos de enfermedades similarmente desconcertantes; finalmente estaba la imaginación que yo mismo alimentaba en él haciéndole sugerencias a menudo de lo que podría sentir en un estado de aletargamiento profundo.

Para ese momento creo que ya me había olvidado por completo de mis intenciones iniciales altruistas y lo único que me movía a continuar era el deseo y la ambición perversa de poder hacerlo. Así llegó una tarde (y me estremezco al recordar aquel nefasto día) en que mi primo yo nos quedamos solos en casa. Mis padres habían salido de compras desde la mañana, calculábamos que tardarían bastante en regresar y mis hermanos habían ido a pasar unos días de vacaciones a casa de los abuelos. Era el momento perfecto, la única oportunidad tal vez en mucho tiempo de llevar a cabo mis impíos planes. Nos encerramos en nuestra habitación, la misma habitación que habíamos compartido desde que éramos niños y le pedí que se sentara en la misma silla en la que permaneció sentado hasta el fin de sus días, mientras yo me encargaba de preparar la atmósfera ideal que me sirviera de herramienta para llevar a cabo mi propósito.

Empecé nuestra sesión con un entusiasmo que tal vez a él le pareció poco confiable pues se mostraba indiferente ante mis repetidas sugestiones y mis continuos pases mesméricos. Después de dos o tres intentos fallidos me miró a los ojos y me dijo desconsolado: 

- Basta ya primo, no tiene remedio; mi enfermedad no tiene cura

Ante tal hecho y negándome aceptar la derrota, asumí una nueva estrategia tratando de desviar por completo su atención y fingiendo haber dejado de lado mis intenciones hablándole acerca de diversos temas como las aventuras que habíamos tenido en nuestra niñez y todas las travesuras que le habíamos hecho a nuestros padres, abuelos y profesores, mientras con disimulo me colocaba a su espalda y lo dejaba hablar recordando los buenos tiempos. De pronto cuando vi que su atención estaba sumida por completo en los recuerdos, advertí que esa era la oportunidad perfecta para llevar a cabo mis propósitos. Le empujé la cabeza hacía adelante y le grité “¡duerme!” con violencia, mientras él se dejó caer la cabeza sobre el pecho sin poner resistencia. Me quedé mirándolo absorto de placer pero por un momento una duda estremecedora me cruzó por la mente, ya que no sabía si su estado era la consecuencia de mi sugestión o el efecto de un nuevo ataque de “shock”. 

Temeroso formulé una nueva sugestión acerca de que se encontraba totalmente bajo el poder de mi voz y luego le pregunté si era capaz de escucharme a lo que él respondió con un quedo “sí” apenas perceptible; pero que le devolvió a mí alma la grandeza de su ego y sus ínfulas de triunfo. A partir de ese momento empecé a formularle a mi primo nuevas sugestiones y a pasearme alrededor de su silla, hasta que me paré frente a él y comenzó en ese instante la parte más extraña y espeluznante de toda mi historia.

En ese mismo instante abrió los ojos de repente con un rostro de angustioso terror y me sujetó por las muñecas con una fuerza indescriptible, mientras yo sentía que toda la habitación me daba vueltas a a gran velicidad y lo único que podía ver entre el revoltijo de colores era su mirada lánguida que se perdía en la distancia. Caí inconsciente no se por cuanto tiempo; y cuando supuestamente desperté me encontraba solo, tirado en la habitación. Salí corriendo con prisa para averiguar que había sucedido con mi primo, pero al cruzar la puerta no me encontraba en el corredor como era apenas lógico sino que me encontraba en la mitad de la calle vacía frente a la casa de mis abuelos y la puerta se había cerrado violentamente tras de mí. Llamé a mi primo y golpeé la puerta sin saber más que hacer pero este no respondió. Junto a la entrada de la casa se encontraba una bicicleta vieja que sin duda era la misma en la que él y yo habíamos aprendido a montar y que perteneciera a mi abuelo cuando éramos niños. La tomé y empecé a recorrer las calles de un lado a otro sin saber a ciencia cierta que pasaba o a donde ir, pidiendo ayuda y llamando a mi primo a grandes voces; cuando divisé a lo lejos su silueta que se alejaba con dirección a una colina lejana que yo desconocía por completo. Traté de alcanzarlo de forma inútil pedaleando y pedaleando en el artefacto que rechinaba más a medida que avanzaba, pero entre más trataba de acercármele más a lo lejos veía su sombra.

En algún momento sin saber de que modo, mucho antes de darme cuenta que ya no andaba en la bicicleta, desvié mi rumbo por un camino de tierra que se internaba por el medio de matorrales espesos y llegué a una cabaña pequeña, casi derrumbada por el abandono. Llamé desde afuera con la inútil intensión de que tal vez saliera alguien a ayudarme, guardaba en mi interior la falsa esperanza de que mi primo se encontrara dentro; sin embargo esto no ocurrió así y fue entonces que decidí entrar a averiguar si había alguien o algo que pudiera servirme, pero lo único que hallé en su interior fueron unos muebles tapados con sabanas y consumidos por el polvo. Unos débiles rayos de luz pasaban a través de algunas grietas en las paredes y el techo, y hacían que el lugar quedara en una espantosa penumbra, pero eran suficiente luz para ver el poema que había sido escrito con carbón en una de las paredes de la cabaña. El poema que me hizo estremecer decía lo siguiente:

Ahora que estoy aquí, solo y dispuesto hacerlo
Sentado frente al filo brillante
No soy capaz de dejar caer la gota
Que pudo rodar por mi brazo
Manchándome con el tinte cálido y placentero
Pues la hoja se ha rodado entre mis dedos
Por el miedo al dolor que me consume desde adentro
La cuerda que ahoga la realidad onírica no ha sido ajustada aún
Y cuelga solitaria sobre mi asiento
Produciendo una sombra, delgada y triste como mi cuerpo.
Las fibras del dolor agónico se mesen en silencio
Y yo mismo no entiendo, porque no lo he hecho.
Mi voluntad se ve flanqueada
Y me doy cuenta que quiero conocer aquel reino.
No soy capaz de ver el cielo hacía abajo
Mientras mi cabeza espera tocar la tierra.
El grito sordo, jamás saldrá de mis labios
Mientras me alejo caminando por el puente
Que creí que detendría mi tiempo.
Mis ofensores me miran desde lejos,
Pero yo deseo algo que esta más allá de su ego.
El elixir del sueño pétreo
Que buscaba con ansiedad desde mi nacimiento
Con sabor a licor de frutos sangrantes
Me fue arrebatado de mi cuerpo
Por dos sombras conocidas
Que borracho me abandonan en el frío siniestro
Del acompañante, del que ya no tengo miedo.
Ya no quiero activar el mecanismo
Que le da calor al túnel gélido
E impulsa aquella piedra militar
Que quiso atravesar mis pensamientos,
Yace abandonado sobre mi lecho
Y yo mismo me vi arrancado de sus consejos
Mientras mi alma va solitaria en busca
Del ojo glorioso que me vigila desde adentro.

A pesar del impacto que me causó leerlo todo no tuve tiempo para razonar en nada más pues un fuerte ruido  parecido a una alarma de algún tipo me dejó aturdido en ese instante, en tanto la habitación se iluminaba con una luz anaranjada e intensa que venía de todas partes y que me encegueció por completo. Lo único que atiné hacer en ese momento fue arrojarme al suelo desconcertado y cubrirme la parte trasera de la cabeza con las manos. De inmediato sentí una sensación desagradable, como si muchas personas me punzaran con las yemas de sus dedos en la espalda y no pudiera moverme ni defenderme para evitarlo. Cuando esta sensación cesó, me puse de pie mirando en todas direcciones y tratando de razonar acerca de lo que estaba pasando, después de unos instantes de reflexión por fin pude entenderlo. “Quería entrar en su mente y a costa de mi cordura al parecer lo he hecho” Me dije con amargura a mí mismo y me di cuenta de que tenía que encontrar la forma de salir y sacar conmigo a mi primo de ese mundo de pesadilla que lo estaba desquiciando.

Salí corriendo de la cabaña y lo único que pude ver a mí alrededor fue una espesa jungla casi impenetrable de hierbas que me doblaban en altura, sembradas en un terreno fangoso, negro y mal oliente. Me armé de todo mi valor para cruzar por en medio de aquel sembradío de plantas de hojas afiladas y semillas espinosas que me cortaban y me causaban escozor al contacto, hasta que por fin logré salir a una playa que se extendía a mis lados hasta el infinito, frente a mí se hallaba un océano interminable de lodo nauseabundo del que brotaban unas burbujas de gas maloliente y expedía gotas de líquidos viscosos y de colores violáceos. No sabía hacía donde más debía seguir a partir de ese momento hasta que una enorme y desagradable burbuja empezó a formarse lentamente del fango justo frente a mi. Al principio sentí desconfianza pero luego me acerqué para tocar su superficie babosa y fue cuando esta empezó a crecer más rápido y a absorberme a pesar de mis inútiles esfuerzos por oponer resistencia. Finalmente me tragó por completo mientras yo sentía como me ahogaba y me hundía en el fondo de ese asqueroso fango negruzco, cuando pensaba que me ahogaría para siempre, me encontré nadando entre aguas turbias pero tranquilas en una interminable piscina, en forma de canal, embaldosada con pequeños mosaicos blancos. Nadé así por largo rato y en un momento y sin percibir de nuevo el cambio me encontraba en las tinieblas de un corredor estrecho y solitario del que apenas se alcanzaba a ver la salida a lo lejos.

Empecé a caminar en dirección a la salida; al principio con pasos cansados y luego enérgicamente pues sentía que debía darme prisa antes de que la estancia tuviera un cambio brusco de nuevo, pero de repente el corredor se llenó de personas; todas con idénticos rasgos “al menos en su forma de moverse y su silueta pues la imagen de sus rostros era demasiado difusa y desconcertante”, que salían de no se donde y se movían en todas direcciones sin prestar mayor atención de mi presencia y dificultando mi avance. Por momentos se movían lento como fantasmas, al instante siguiente se movían a una velocidad inapreciable para mi ojo, murmurando cosas en un lenguaje que no lograba entender y creando a mi alrededor un caos asfixiante. Por instantes el corredor parecía despejado y vasto para recorrerlo a mi antojo y un instante después parecía un panal de abejas lleno de esos personajes que murmuraban entre dientes. Lo más extraño de estos seres era que cuando se encontraban alejados de mi, parecían enormes y cabían a duras penas en el corredor de geometría completamente ilógica; pero al acercarse más, sus formas se comprimían y apenas si alcanzaban la altura de mis hombros mientras yo mismo me sentía asfixiado en una caja diminuta.

Por fin alcancé la salida y me sentí como deben sentirse los niños al nacer. Había entrado (o salido pues aún no puedo saberlo) y me encontraba en la mitad de un salón enorme de paredes inmensas que parecía que llegaban hasta el cielo y piso entablonado de baldosas simétricas y opacas cuando vi la forma de mi primo sentado en la misma silla en la que lo había dejado en nuestra habitación. Estaba ahí con los ojos abiertos, en la misma posición en la que lo vería por el resto de su vida. En ese momento me sentí desgraciado y fue ahí cuando realmente empecé a sentirme mal por mi bajeza al atreverme a experimentar con mi primo mis inexpertos conocimientos. Me arrojé a llorar a sus pies, le pedí perdón por haberlo obligado a internarse en ese paraíso de la locura, traté de convencerlo por todos los medios para que se pusiera de pie, saliéramos de ese mundo maldito y regresáramos al lado de nuestros seres queridos; pero él solo permanecía ahí, sentado con la mirada perdida en el vacío; hasta que escuché su voz que retumbó por todas las paredes de la habitación, aunque el seguía sin mover los labios. Era él el quien me decía lo siguiente:

- Querido primo, quedas libre de toda responsabilidad pues soy yo mismo quien acepta esta condena por mi libre voluntad. ¿Cómo podría juzgarte?, Tú que eres mi hermano, tu que me conoces mejor que nadie y has vivido en carne propia mi agonía. Tú has visto solo por un momento una pequeña parte del horror que yo debo soportar a diario. Sin embargo ¿Crees que acaso valga la pena para mi regresar, cuando la realidad del mundo se me antoja mucho peor que las visiones de este mundo siniestro?, este mundo al que tu mismo has llamado mundo maldito y paraíso de la locura. Por favor no te aflijas, ni me obligues a volver y se libre de esta pesadilla, al lado de nuestros seres queridos, mientras yo me oculto de la propia pesadilla que se encuentra en la realidad más allá de las paredes de mis sueños.

En ese momento sentí como el suelo debajo de mí se fisuraba, con un crujido estremecedor, se desmoronaba bajo mis pies y yo mismo me hundía en un inmenso cañón sin fondo, mientras trataba inútilmente de sujetarme a mi primo y le rogaba para que viniera conmigo. Fue esa la última vez que escuché su voz y sus palabras aún retumban en mis pensamientos pues cuando reaccioné nuevamente, mis padres trataban de controlarme ya que me encontraba tendido de rodillas, sujetándome de sus piernas, gritando su nombre y rogándole para que viniera conmigo, consumido en la desesperación de perderle para siempre. A partir de ese día jamás he vuelto a ser el mismo y mi querido primo quedó postrado en esa silla hasta el día de su muerte, con esa mirada triste de ojos lánguidos que me perturba al recordarlo.

Diciembre de 2010

miércoles, 28 de enero de 2015

El Ruido

Acababa de terminar el informe que debía entregar en la oficina al día siguiente, el reloj marcaba casi las doce de la noche y me encontraba agotado después de una larga jornada de trabajo que había empezado casi a las tres de la mañana del día anterior. El sueño me vencía poco a poco y lo único que quería era tirarme a la cama y caer fundido entre sueños hasta la mañana del día siguiente. No había comido nada desde el almuerzo pero eso no me importaba, en ese momento solo quería dormir y no habría fuerza natural o sobrenatural en el mundo que fuera capaz de impedírmelo, o al menos así lo creía yo. La junta que me esperaba al otro día sería muy importante ya que de ella dependía un futuro exitoso en la empresa en la que trabajaba o un catastrófico despido, aunque eso no me preocupaba ya que tenía todos los detalles bajo control. Me dirigí hasta el baño como pude para lavarme los dientes antes de dormir, al mirarme al espejo vi mi rostro de cansancio y sentí un asomo de autocompasión desagradable; “Tienes que dormir” Dije para mí mismo y así me disponía a hacerlo. Me tiré en la cama y como pude me quité la ropa y los zapatos mientras se me cerraban los ojos. Cuando estuve en ropa interior acomodé la almohada bajo mi cabeza y entre sueños traté solo por costumbre de tomar la cobija a tientas a pesar de que no hacía frío.

Empezaba lentamente a entrar en ese estado placentero e indescriptible en el que uno es consciente de todo lo que sucede a su alrededor, pero en el que la voluntad de la mente ya no es suficiente para tener pensamientos coherentes o distinguir la realidad del mundo de los sueños. Poco a poco me iba quedando dormido y me sentía cada vez más desconectado del mundo exterior, cuando un desagradable y nefasto ruido me sacó contra mi voluntad del letargo en el que me encontraba y me puso insensiblemente de vuelta en la realidad. Sentía como el infernal zumbido se acercaba tanto a mis oídos que incluso me hacía pensar que lo tenía dentro de la cabeza. Traté de voltearme a un lado, pero el ruido seguía rondándome las orejas. Se callaba por momentos, como si su intérprete se cansara de silbar molestamente, pero luego continuaba con más fuerza que antes. Por momentos se alejaba de mi cabeza, lo oía en la distancia y luego regresaba para internarse en mis oídos como si pretendiera pasar de lado a lado mientras yo manoteaba entre sueños, colérico y con los ojos cerrados.

De pronto sentí una presencia diminuta que se posó sobre mi frente; preparé el golpe mortal que le daría fin a la maquiavélica criatura que se empeñaba en desvelarme, en mi interior sentía un placer enorme de poder vengarme de aquel malvado ser que me robaba el sueño. Impulsé mi mano con todas mis fuerzas, en la habitación se oyó un golpe seco y sentí el dolor causado por el golpe de la palma de mi mano contra mi frente, pero decidí no retirarla ya que el maléfico bicho podría continuar con vida; por el contrario hice más presión e incluso moví la mano con violencia de lado a lado para estar completamente seguro. Retiré con suavidad mi mano mientras sonreía con malicia, satisfecho por mi hazaña. Me acomodé nuevamente, templé mi cobija y suspiré complacido cuando en las lejanías de mi cuarto se escuchó de nuevo la canción monotemática del infernal piloto que combatía incansablemente para no dejarme dormir.

Por algunos momentos intenté ignorarlo pero eso no resultó, así que me hallé a mí mismo manoteando al aire, sin dar en el blanco en la oscuridad de la noche. Encendí la luz y me puse de pie para intentar darle cacería a mi enemigo como lo haría el oficial más aguerrido de cualquier ejército que le rastrea los pasos a un criminal peligroso. Miraba aturdido en todas direcciones tratando de hallar a mi oponente pero no podía dar con su rastro, ya que se había quedado completamente en silencio. Apagué la luz nuevamente para ver si me podía quedar dormido antes de volver a escuchar el infernal murmullo pero fue en vano; tan pronto como la luz estuvo apagada lo oí cantar sobre mi cabeza tan fuerte como antes. Volví a encender la luz seguro de que esta vez si daría con su paradero, pero otra vez mi búsqueda fue en vano. Apagué la luz nuevamente y nuevamente la historia fue la misma. La misma jugada se repitió en tres o cuatro ocasiones más hasta que decidí hacer algo un poco más trascendental.

Fui hasta la cocina y busqué el atomizador de veneno que nunca usaba, lo llené e inundé la habitación con el gas tóxico a tal punto que incluso a mí se me dificultaba respirar. Dejé la puerta del cuarto abierta para que aireara un poco y pasé unos minutos sentado en el comedor esperando a que se disipara un poco el olor a veneno; sentía como si tuviera los ojos llenos de arena que me lloraban sin control y mi boca se inundaba a cada instante con bostezos gigantescos imposibles de contener. Cuando decidí que ya había sido suficiente regresé a mi habitación y me tiré de lleno en la cama dispuesto a descansar, pero todo fue en vano ya que instantes después el ruido había regresado.
Era como si el maldito bicho fuera consciente de lo que yo hacía y hubiera salido conmigo de la habitación a esperar que se disipase la atmósfera mortal. Poco a poco me desesperaba cada vez más y en vano pensé que el problema se quedaría en la habitación, así que decidí ir a dormir al sofá de la sala; pero hasta allí me siguió el aviador de mi tortura. Regresé a la habitación casi a punto de estallar en llanto y se me ocurrió que si el no quería mostrarse yo lo obligaría a hacerlo. Empecé a sacudir fuerte y rápidamente la puerta de un lado a otro para crear una corriente de aire, moví la cama y todo lo que en mi cuarto se encontraba pero ni siquiera esto sirvió de mucho, porque mi cruel verdugo se negaba a revelarse. Una vez más apagué la luz y me senté en la cama esperando volver a oír el desagradable zumbido que sin decepcionarme, de nuevo estaba ahí.

Me tomé la cabeza y me halé el cabello iracundo, cuando se me ocurrió otra idea genial, tenía que engañarlo. Esta vez dejé la luz de la habitación apagada abrí la puerta de par en par y encendí la luz del corredor, tomé una sábana y empecé a sacudirla por todo el cuarto para obligarlo a salir, después de un rato apagué la luz del corredor y cerré rápidamente la puerta, esta vez estaba seguro de que había ganado, pero al acostarme ahí estaba de nuevo mi insufrible huésped. ¡Que me pique pero que no zumbe! dije en un susurro y tiré la cobija en un rincón de la habitación, pensando que si se alimentaba callaría por fin su concierto infernal y me dejaría dormir en paz, me quedé así por un rato y efectivamente el ruido cesó por un momento. Traté de recuperar el sueño pero ahora sentía un insoportable escozor en mi tobillo; traté de hacer caso omiso de esto pero nuevamente el ruido maldito estaba ahí.

Parecía que la sangre con la que se había alimentado, ¡Mi propia sangre!, le había otorgado fuerzas para ahora cantar más fuerte que antes. Una vez más sentí que se internaba en mis oídos y mandé un manotón tan fuerte que al golpear casi me deja sordo. Tal vez a muchos kilómetros de distancia pudo oírse un chillido de dolor de parte mía y un insulto lanzado al aire que bien pudo haber despertado a mi difunta madre. Traté de taparme la cabeza con la almohada, pero esto también resultó inútil. Encendí la luz una vez más y me senté en la mitad de la cama para ver si al quedarme quieto podría cazarlo. Creo que la escena no podía ser más patética, me quedé por largo rato sentado semidesnudo en la cama, como un idiota autómata, con las palmas de las manos abiertas y separadas unos centímetros la una de la otra. No se oía nada, todos mis intentos eran en vano e incluso empezaba a descolgar la cabeza por momentos a causa del indomable sueño. Pero cada vez que cerraba los ojos oía en las lejanías el retumbar de su zancudesca canción.

Una nueva idea cruzó por mi cabeza, una idea que no podría fallar. Si hacía un poco de humo seguro lo ahuyentaría por completo. Bajé hasta la cocina y tomé unas cuantas cascaras secas de naranja que habían entre la basura y un poco de canela, las puse sobre la tapa de una olla y busque con afán un poco de alcohol en el botiquín pero este último no pude hallarlo. Subí de nuevo y rocié el contenido de la tapa con una gran cantidad de un aerosol para el cuerpo que tenía en mi mesa de noche y le prendí fuego con un cerillo. La habitación ahora se colmaba con una gruesa cortina de humo pero estaba dispuesto a soportarlo si esto hacía que el cantante nocturno se callara definitivamente. Apagué la luz y decidido me arrojé nuevamente a la cama. La habitación rápidamente se llenó de humo y a pesar de que había dejado la puerta abierta empecé a sentir escozor en la nariz, luego una tos insoportable, ganas de estornudar y lo peor; ahí estaba de nuevo el maldito zumbido.
Iracundo me levanté y empecé a arrojar todo por los aires, con la luz encendida trataba de hallarlo de forma desesperada, arrojaba cosas contra las paredes que se desportillaban en mil pedazos creyendo escuchar a mi verdugo en todas partes, pero todo era inútil. A pesar de que lo escuchaba claramente era para mi imposible verlo. Enfurecido tomé el aerosol y encendí un cerillo frente a él al mismo tiempo que roseaba la llama rugiente por toda la habitación, pero cada vez y a pesar del sonido de las llamas escuchaba su cantar más y más fuerte. Empecé a gritar desesperado tratando inútilmente de opacar su insoportable chillido. Lancé maldiciones al aire y le juré acabar con su vida así fuera lo último que hiciera esa noche, bajé y saqué combustible de mi auto en un tarro plástico y empecé a regarlo por toda la casa, finalmente prendí otro cerillo y lo arrojé al combustible de tal forma que ahora la casa entera estaba en llamas, salí corriendo semidesnudo a la calle sin entender bien lo que yo mismo había hecho pero complacido por haber acabado por fin con la vida de mi enemigo. En el cielo empezaban a verse los primeros visos de la luz de la mañana. Aturdido finalmente me derrumbé en un andén mientras mis vecinos salían corriendo de sus casas, preguntándose los unos a los otros y preguntándome a mí mismo que había sucedido.

Lo he matado dije entre lágrimas, finalmente lo he matado. Pronto llegaron los bomberos y la policía para tratar de resolver el enorme lío que yo había causado a culpa del despreciable verdugo volador que me había mantenido en vela toda la noche. Alguien me ofreció una manta pues el frío de la mañana era terrible, oía en las lejanías las voces de las personas que murmuraban y decían cosas. Alguien más, tal vez un oficial de policía me hacía preguntas estúpidas que me sentía totalmente impedido para responder, lo único que atinaba a pensar era: ¡Por fin lo he matado!.

Trataron de tomarme por el brazo, pero me desvanecí débilmente, cuando de repente lo escuché de nuevo, ahí estaba, ahí estaba el maldito ruido. Lo oía dentro de mi cabeza, tan claro como en el primer momento. Me puse de pie de inmediato con mis fuerzas renovadas por el odio y la cólera, mis gritos eran desgarrados a causa de la rabia que me generaba seguirlo oyendo y salí a correr a toda velocidad mientras varias personas trataban de detenerme desconcertadas sin poder lograrlo. Me paré frente a un poste de la energía sin saber que más hacer, lo sujeté con mis manos y le di el cabezazo más fuerte que alguien hubiera podido dar. Quedé un poco aturdido pero aún podía escuchar su zumbido así que esta vez tenía que eliminar por completo al  impío bicho que aún me atormentaba desde dentro mi cabeza, me alejé del poste unos cuantos pasos entre los gritos de la gente, tomé todo el impulso que pude y embestí el poste con todas mis fuerzas. Reboté como una vulgar pelota mientras varias personas me tomaban por los brazos para impedir que repitiera mi absurdo embate contra el poste. Sentí un dolor intolerable y la vista inundada por un líquido rojo y caliente que rápido empezaba a chorrear por toda la cara, pero aún estaba ahí el enloquecedor zumbido. Las múltiples manos que me sujetaban no fueron suficientes para detenerme, ya que me zafé fácilmente y me arrojé una vez más de cabeza contra el poste. Caí al suelo derrotado y casi muerto a causa del impacto, en las lejanías aún oía y veía a las personas que llegaban de todas partes para controlarme pero el zumbido había cesado por completo. Cerré los ojos tranquilo y perdí el conocimiento, en parte a causa de los golpes y en parte a causa del sueño, cuando abrí los ojos de nuevo ya me encontraba en esta habitación con paredes y suelo acolchados, totalmente debilitado y con esta prenda blanca que me inmoviliza los brazos por completo, pero al menos; aquí no escucho el infame ruido que me quitó esa noche el sueño...

Septiembre de 2010