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sábado, 26 de diciembre de 2020

La sigo observando

Eran apenas las dos de la mañana del 26 de diciembre; el frío nocturno de una noche lluviosa nos empujaba el uno contra el otro, mientras mi esposa y yo, hacíamos lo posible por no perder calor en medio de sueños. Un quejido leve, que poco a poco fue incrementando, me advirtió que mi niña, quién yo suponía que dormía plácidamente en la habitación de al lado, estaba empezando a despertar.

Mi esposa y yo nos miramos con los ojos entre abiertos y entendí que me tocaba a mí. Me paré arrastrando los pies y fui hasta la cuna, hablándole muy suavemente a la pequeña para que volviera a dormir, pero una monosilábica, contundente e ininteligible respuesta de su boca, me hizo entender que no volvería a conciliar el sueño fácilmente.

Después de muchos intentos de arrullarla de todas las formas posibles, me di por vencido y para no despertar a mí esposa, que roncaba envidiablemente entre los brazos de Morfeo, decidí echarme una cobija al hombro y llevarme conmigo a la niña al cuarto de atrás; que es cuarto de huéspedes, habitación de juegos, cuarto de planchado y mi búnker personal para cuando los vecinos quieren hacer escandalosas fiestas nocturnas.

Encendí la luz, tiré cuatro o cinco peluches por el suelo, cerré la puerta y le propuse un trato sencillo a mi hija: 

- Voy a dejar la luz encendida para que puedas jugar, yo voy a estar aquí por si necesitas algo, pero por favor, déjame dormir un poco.

Acto seguido, me acurruqué entre la manta que había llevado, me tiré en el colchón y traté de pegar los ojos un rato. La niña, que a su corta edad, poco sabe de cumplir un pacto, empezó a chuzarme los ojos y la nariz con sus pequeños dedos, pero al comprobar en mi mirada y el tono de mi voz, que mis ánimos de jugar, no eran los mejores, se sentó a sollozar a mi lado mirando fijamente a la puerta.

"¿Quieres dormir conmigo?" Le pregunté rogándole en mi interior a cualquier dios del sueño nocturno que pudiera oír mis plegarias y un casi inaudible "uhm" de su pequeña boca, fue respuesta suficientemente satisfactoria para mí. Me paré antes de que pudiera arrepentirse, apagué la luz, la tomé entre mis brazos, nos envolví nuevamente con la manta y me tiré en el colchón.

Sentí que dormimos durante horas; yo, en posición semifetal y la niña, arrebujada entre el hueco que dejaban mis brazos, mi pecho y mis piernas. En un momento, oí que abrieron la puerta y a la habitación, entró mi esposa vestida con un vestido amarillo y una sonrisa dibujada en los labios, para preguntarme qué tal estábamos durmiendo. "Bien", respondí entre dientes no muy convencido y ella me respondió con una nueva sonrisa extraña, que le pasara a la niña. Yo tratando de bromear con ella como lo hacemos siempre, le dije que me dijera "la clave para pasarle a la niña".

Lo que pasó a continuación, fue aterrador; la dulce sonrisa de mi esposa se transformó en una diabólica mueca y salió corriendo de la habitación casi que de lado, dando pasos desgarbados. Instantes después regresó, me arrojó un cuaderno, con una frase escrita a lápiz en letras infantiles que no alcancé a leer.

  "¿Qué te pasa?" - Pregunté yo mientras apretaba más a la niña, que empezaba a llorar, contra mi pecho -

El rostro del ser que había fingido ser mi esposa, se desfiguró aún más, mientras su sardónica sonrisa que enseñaba unos desiguales y enormes dientes blancos me hizo helar la sangre. Como pude alcé a mi pequeña en brazos y corrí con todas mis fuerzas, pasando por un lado de aquella aberración hasta la sala. Al llegar a la puerta de la calle, caí en cuenta que el seguro estaba echado y las llaves no las tenía conmigo. Mi esposa no estaba por ninguna parte, por alguna extraña razón yo no podía gritar y por lo que vi en la mirada de espanto de mi hija, ella tampoco. Las luces empezaron a titilar y aquel engendro que ahora no era más que una sombra, de la que solo se veían los horribles dientes; nos había seguido caminando a cuatro patas, de lado como un cangrejo y nos aguardaba al otro lado de la sala.

Mi último gesto antes de despertar en un grito ahogado, fue tratar de proteger a mi hija con mi cuerpo. La sensación de terror mezclado con mareo era horrible, además tenía el brazo izquierdo totalmente entumecido. Revisé todo tratando de entender lo que estaba pasando y efectivamente, estaba en el cuarto de atrás, mientras mi pequeña dormía pegada a mi pecho con su cabecita apoyada sobre mi brazo. La revisé con mi mano libre para verificar que todo estuviera bien mientras dejaba que me pasara la sensación de entumecimiento del brazo. una vez pasó, levanté la niña conmigo y me dirigí a mi cuarto. Luego de comprobar que mi esposa seguía dormida, deposité la niña en la mitad de la cama y me acosté como pude incómodamente a su lado, dejándola en medio de los dos.

A las ocho de la mañana nos levantamos todos. Yo me sentía como si no hubiera dormido nada pero sonreí cuando mi niña me habló con uno de sus gagueos y me tocó la cara con su ternura infantil. Le conté la pesadilla a mi esposa, ella me contó lo que había soñado y el día transcurrió sin más. Pero hace un momento, al entrar al cuarto de atrás para ordenar un poco, encontré un cuaderno tirado, abierto en cualquier página, con una inscripción en letras infantiles que dice lo siguiente:

La sigo observando...

26 de diciembre de 2020.



jueves, 2 de noviembre de 2017

Lilie

Lilie avanzaba por el pasillo central de aquella enorme catedral de aspecto gótico, aunque sin saber bien por qué; ya que instantes antes, sacudía la mano desde la popa de un barco para despedirse de un hombre de aspecto pálido y demacrado que lloraba enjugándose las lágrimas con un raído pañuelo; pero ahora estaba aquí, caminando y oyendo como retumbaban sus pasos en el eco de aquel magno edificio. Un grupo de mujeres jóvenes salía en dirección contraria a la suya, buscando la puerta. Las mujeres de variopintos aspectos ni siquiera se inmutaron en mirar a Lilie, pero ella no pudo evitar notar las expresiones indiferentes de sus rostros. Lilie tenía miedo, aunque no sabía que había más adelate, sospechaba que lo que estaba a punto de encontrar pondría fin a algo que ella había postergado durante meses. No era la primera vez que Lilie recorría los pasillos de aquella catedral y algo en su interior le gritaba que regresara, que no continuara, que se evitara la pena de ver tan patético espectáculo, sin embargo, Lilie tomó fuerzas de dónde no las tenía para continuar caminando.

Lilie avanzó hasta el altar y aunque por alguna extraña razón no podía ver aún lo que encima se hallaba, sabía que era algo que no quería ver, pero que debía hacerlo; cerró los ojos y presta a subir los cinco escalones que la separaban de su objetivo oyó la voz de un niño, una voz conocida que le heló la sangre, pues en el fondo de su corazón sabía quien era y entendía ya como iba a terminar todo.

- ¿Qué haces aquí? -Preguntó la voz pausadamente-

Al voltear a mirar a su derecha, Lilie lo vio parado ahí, inmutable, con su overall de jean zul oscuro sobre su camisita rojo encendido. Era un pequeño inexpresivo, erguido lo más que su baja estatura le permitía y miraba a Lilie como esperando su respuesta.

- Tú sabes lo que hago aquí -Respondió Lilie- sin poder evitar que un nudo se le hiciera en la garganta.

El pequeño se limitó a asentir con la cabeza antes de responder:

- Pues entonces hazlo y no pierdas más tiempo.

Lilie volteó la mirada y subió el primer escalón al altar, solo eran cinco pero al subirlos uno a la vez, sintió que eran millones y que en lugar de acercarse a su objetivo cada vez se alejaba más de él, sin embargo, al final pudo llegar ante la mesa del altar. Solo bastó una mirada para corroborar lo que ella esperaba encontrar. Él estaba ahí, el mismo joven que minutos atrás la despedía desde el muelle con los ojos inundados en lágrimas.

De no ser por su torso desnudo que dejaba al aire libre las seis cicatrices de su pecho y en la mitad de ellas aquella horrible herida con la sangre ya seca, se hubiera podido pensar que dormía. Contrario a lo que Lilie esperaba, de sus ojos no brotaron lágrimas, y el nudo en su garganta desapareció, fue como si en un instante toda la culpa, la pena y el dolor se hubieran desvanecido, Lilie, por primera vez en largos años se sentía tranquila, sin embargo una duda aún la inquietaba.

- ¿Dónde está su corazón? -Giró para preguntarle al pequeño que aún la observaba inmutable-

- Está justo donde te dije que iba a estar -Respondió el niño-

En ese momento Lilie lo oyó, escuchó ese retumbar dentro de su propio pecho como si se fuera a salir de repente y no pudo evitar sentir lástima por aquel pobre desdichado que yacía en el altar, al mismo tiempo que de pie ante sus ojos.

- ¡Quitamelo!, ¡ya no lo quiero!, ¡ya no lo necesito! -Exclamó Lilie suplicante ante la mirada del chico-

- No puedo, ya no me es posible -Fue toda la respuesta que recibió-

De repente Lilie sintió como ese corazón ajeno dentro de su propio pecho empezó a latir más fuerte cada vez, como si en un momento fuera a explotar o a abrirse paso entre huesos, músculo y piel para salir a la luz. Cada vez el sonido y el golpeteo dentro de su pecho eran más insoportables, mientras ella trataba desesperadamente de contener el llanto. Lilie cayó al suelo desplomada, segura de que su pecho iba a estallar en cualquier momento, cerró los ojos y empuñó las manos esperando que llegara el final y en un instante, cuando el dolor era más insoportable, abrió los ojos irguiéndose y liberando un desgarrador grito.

Lilie intentó mirar a su alrededor, pero la oscuridad solo le permitía percibir sombras, estaba desnuda, empapada en sudor, enredada con las sábanas de su cama y el dolor había desaparecido por completo junto con la sensación de angustia. Encendió la luz de la mesita de noche para buscar un vaso con agua y en ese mismo instante, de entre las sombras surgió aquel espectro burlón que la había atormentado cada noche de los últimos años; sin embargo, esta vez era diferente; aquel engendro parecía más humano que nunca, su apariencia era la de un ser frágil y sensible, incluso Lilie podía jurar que lo veía triste.

- He venido a despedirme -Dijo el engendro en una voz que era más bien un susurro casi inaudible- Todo ha terminado ya, ahora puedes seguir tu vida en paz.

- ¿Y qué va a pasar con él? -Preguntó Lilie sin poder evitar sentir un poco de lástima-

- Nada -Respondió el espectro- Ahora es mío, mío de nuevo, como siempre debió ser...

Lilie asintió; el demonio con una amplia sonrisa, hizo una leve venía de despedida. Lilie cerró los ojos por una fracción de segundo y al instante volvió a despertar. A su lado, estaba aquel hombre que ahora calentaba sus sábanas por las noches, mirándola sonriente mientras le acariciaba el cabello y esperaba que despertara. La pesadilla por fin había terminado, pero Lilie sabía exactamente lo que ello significaba.

Septiembre de 2017

lunes, 14 de noviembre de 2016

La casa del terror

Felipe había esperado ese momento toda la semana, la feria se iría en un par de días más, pero por fin había llegado la noche para ir con Diana a disfrutar de las atracciones, especialmente de la casa del terror. Él sabía que su novia se asustaba con facilidad; por eso disfrutaba poniéndose máscaras aterradoras y apareciéndosele por cualquier rincón de repente, le divertía rentar películas de terror para luego convencerla de verlas juntos cuando se quedaba en su casa los fines de semana y gozaba poniendo bichos de goma sobre la cara de Diana, mientras esta descansaba la siesta tranquilamente en el sofá de la sala. Pero esa noche sería especial.

Al entrar por el oscuro pasillo, Diana ya iba agarrada fuertemente a la chaqueta de Felipe y con cada ruido o cada horrible maniquí que aparecía, dejaba escapar un gemido o un grito ahogado, apretando los ojos para no mirar. Sin embargo, Felipe no estaba satisfecho, pues había algo en el miedo de Diana que no lo complacía por completo. Él esperaba mucho más, mientras fingía consolarla y le decía palabras tranquilizadoras al oído. Él quería lágrimas, quería pánico y quería sentirla temblar, pero la tan esperada casa del terror había resultado decepcionante.

Continuaron su recorrido con la frustración de Felipe marcada en el gesto y los escasos respingos de la chica, cuando apareció un sujeto con una sencilla máscara de tela blanca portando un hacha en la mano derecha. Inicialmente a Felipe no le emocionó demasiado, pues se trataba al parecer de un chico de su misma edad y bastante mal disfrazado; pero al ver la reacción de su novia, Felipe se animó por un momento creyendo que por fin vería el rostro de ella desdibujarse en una mueca de terror y oiría el desgarrador grito que había estado esperando toda la noche. Sin embargo, las cosas se pusieron extrañas, la sonrisa dibujada en el rostro de Diana que le soltaba la mano, lo sorprendió por completo y su desconcierto fue aún mayor cuando sintió el golpe seco del arma del encapuchado que se clavaba en su torso, con ese sonido pegajoso de los huesos rompiéndose y del metal afilado abriéndose paso a través de sus vísceras.

En un parpadear, Felipe cayó tendido al suelo en un charco de sangre sin poder respirar y sin entender bien, porque Diana ahora abrazaba y besaba al desconocido que se había quitado la máscara, mientras juntos le daban la espalda para marcharse caminando tranquilamente hacia la luz que indicaba la salida del pasillo, de aquella casa del terror.


domingo, 18 de octubre de 2015

Nicolás y el organillero

Nicolás era un niño travieso como muchos otros al que le gustaba abusar de los más pequeños que él, amarrar latas de las colas de los perros del barrio, disparar con su pistola de balines a las aves del parque, lanzar gatos desde el puente peatonal, hacer enfadar a los vecinos y molestar en clase de matemáticas mientras la profesora no lo observaba. Pero Nicolás como muchos otros abusones de su clase tenía una víctima predilecta, el viejo organillero. El “organillero de la Roosevelt” como todos los conocían era un viejo que se paraba durante horas, todos los días en la esquina de la avenida Roosevelt, acompañado solo por su instrumento, su lora posada en el hombro y su viejo sombrero puesto boca arriba en el que de vez en cuando algún transeúnte, motivado por la lástima, depositaba alguna moneda.

El organillero de la Roosevelt era un hombre bastante mayor, por su apariencia podría tener fácilmente más de ochenta años, lo único que se sabía de él, es que eran muchos los adultos que decían haber crecido viendo al viejo organillero, pararse en la misma esquina todos días para tocar la misma melodía. Algunos, los mayores, incluso mencionaban como cuando todavía eran niños, la lora descendía escalando por las ropas del anciano y bailaba mientras él tocaba su organilla. Las ropas de aquél hombre eran muy posiblemente tan viejas como él y siempre llevaba lo mismo puesto, por lo que el olor que había a su alrededor, evidentemente no era el mejor. Pocas veces hablaba y las pocas veces que lo hacía era para agradecer a las personas que se condolían de él regalándole dinero o una pieza de pan.

Uno de los pasatiempos favoritos de Nicolás era pasar por la acera del frente gritando insultos al pobre hombre que sólo levantaba con esfuerzo su enorme entrecejo arrugado para mirar pasar al chico, mientras seguía tocando su repetitiva tonada. En algunas ocasiones el abuso de Nicolás hacia el anciano se pasaba de la raya; como cuando pasaba frente a él, le pateaba el sombrero mientras las monedas rodaban desperdigadas por el suelo y no perdía oportunidad para robarle algunas cuantas. O aquella vez que al verlo marcharse al atardecer, llegó por detrás y le bajó los pantalones en público, mientras el viejo avergonzado se los volvía a subir sin siquiera quejarse.

Nicolás también disfrutaba de inventar historias macabras acerca del anciano y contárselas a los otros niños, añadiendo o quitando macabros detalles, por lo que no era raro que muchos de ellos evitaran a toda costa siquiera pasar por el lado del organillero, debido al temor que este les producía. Una de sus historias preferidas, decía que el organillero usaba su instrumento para hipnotizar a los niños, llevarlos a un lugar solitario y ahí entregárselos a un demonio a cambio de comida. En otra, narraba como el viejo había estado casado alguna vez, pero que su esposa había decidido abandonarlo, por lo que la había convertido en lora con un extraño conjuro para que se quedara con él para siempre. En otro de sus relatos, Nicolás narraba emocionado a los más pequeños, como aquel hombre, cuando era joven, había sido un asesino en serie muy famoso que había sido atrapado por la policía y puesto en la cárcel y que cuando había salido libre, a falta de trabajo, se había puesto a tocar el instrumento en aquella esquina.

Un día Nicolás, en uno de sus arrebatos de maldad empezó a gritarle cosas al pobre viejo desde el otro lado de la calle como era costumbre. Al ver que el hombre no se inmutaba, se llenó de bronca y decidió ir más allá, por lo que empezó a lanzarle piedras; sin embargo, el organillero, lo único que hizo fue recoger su sombrero con sus pocas monedas y empezar a marcharse. Nicolás, al sentirse ignorado, decidió seguir al organillero mientras continuaba insultándole y arrojándole piedras por toda la  calle. Fue así hasta que con una de ellas impactó justo a la lora matándola al instante. Algunos transeúntes trataron de detener al chico corriendo tras él, mientras le amenazaban enfurecidos, sin embargo, Nicolás era muy bueno para correr. Entre tanto, el organillero lo único que hacía era llorar desconsolado, sentado en la calle, la pérdida de su compañera inseparable de tantos años.

Un día, estaba Nicolás encerrado en su habitación disfrutando los dulces que había comprado con el dinero robado a otro chico, cuando oyó una melodía muy conocida. Al asomarse a la ventana, pudo ver al organillero que estaba parado frente a su casa, al otro lado de la calle, tocando en su instrumento la misma melodía de siempre. Nicolás asustado, creyendo que el viejo había ido para ponerle la queja a su madre acerca de lo ocurrido con la lora, cerró la ventana de golpe;  pero después de un rato nada nuevo había ocurrido. Nicolás envalentonado por la actitud pasiva del anciano, salió a la ventana de nuevo para gritar alguna frase astuta y burlarse de él, pero al intentar articular palabra, lo que salió de la garganta de Nicolás fue un grito chillón y desgarrado.

Sorprendido, Nicolás intentó hablar de nuevo, pero nuevamente sucedió lo mismo. El chico se asustó mucho en ese momento, por lo que intentó sujetar la puerta de la ventana para cerrarla nuevamente, pero al estirar el brazo, vio como este era mucho más corto de lo normal y sus dedos se habían atrofiado en forma de garra. Aterrado por lo que sucedía, se cayó para atrás mientras la melodía seguía sonando en la calle y él veía como sus piernas desaparecían encogiéndose dentro de su torso. Nicolás intentó girar para arrastrarse y llamar a su madre, pero de su boca lo único que salió fue un nuevo chillido igual al anterior, mientras notaba como su nariz se fundía con su labio superior y se endurecía hasta formar algo parecido a un pico ganchudo. De repente sintió un escozor horrible en la espalda de la que empezaban a surgir un par de apéndices parecidos a brazos, pero muy delgados, rematados en punta y que poco a poco iban llenándose de plumas verdes.

Esa tarde el pequeño Nicolás desapareció del barrio y nunca nadie más le volvió a ver, a pesar de que los esfuerzos en buscarle duraron meses y sus padres lloraron recorriendo la ciudad, tocando la puerta de cada casa para intentar dar con su paradero. Nada se encontró del chico además de las ropas que llevaba esa tarde tiradas por su habitación. Sin embargo, el viejo organillero sigue parado en la esquina de la avenida Roosevelt donde se ha parado todos los días durante las últimas décadas y ahora tiene una nueva lora, más joven, que danza en la acera al compás de su melodía, a cambio de unas cuantas monedas.

Octubre de 2015.



domingo, 9 de agosto de 2015

Viernes 13 de agosto de 2010, 6 de la tarde.

Viernes 13 de agosto de 2010, 6 de la tarde.

Ya no deseo escribir más sobre mi viaje a Haití, ese tema ha colmado las últimas páginas de mi viejo diario; eso y las constantes dudas que me asaltan…

Ahora que estoy empezando un nuevo diario, deseo empezar de ceros así que aquí vamos:

Después de tirarme a la cama y quedarme profundamente dormido poco más de dos horas, me levanté, preparé café, me quité la ropa y tomé un baño, razón por la que me encuentro ahora en calzoncillos, tomando un café insípido, tratando de escribir en la penumbra con la luz de la lámpara que está tan empolvada que no ayuda mucho y un lapicero al que se le está acabando la tinta, pero lo peor de todo es que no tengo inspiración y soy consciente de ello…

Creo que lo mejor es que vaya a confesarme como lo pensé antes. El padre Samuel se alegrará de verme de nuevo.





viernes, 7 de agosto de 2015

03:00

Un fuerte relámpago me hizo despertar de repente, en seguida pude oir el sonido del viejo reloj marcando las tres, "aún es temprano" susurré para mi mismo tratando de volver a la realidad; cuando me percaté de aquella horrible sensación habitual de no sentir mi brazo izquierdo. Al girar me di cuenta, ella aún desnuda y con la boca entreabierta yacía dormida a mi lado, se había quedado profunda justo sobre mi brazo. Con gran esfuerzo la aparté tratando de no despertarla y como pude liberé mi brazo aún sintiéndolo inerte. Me paré de la cama, sintiendo esos molestos corrientazos y esa sensación extraña entre cosquilleo y dolor que indica que lentamente vuelve a circular la sangre. 

Busqué la botella de whiskey, los cigarros y el encendedor en la mesita de noche, recordando con una sonrisa lo ocurrido horas atrás. Me serví un vaso y me fui a la ventana para poder fumar al aire libre, pues a pesar de todo sigo detestando el olor a tabaco en un recinto cerrado. Un nuevo relámpago iluminó la habitación dejándome ver sus ligueros y su corsete tirados por el suelo. "arrecia tormenta" susurré sintiendo un ligero escalofrío correr por mi espalda mientras le daba un trago a mi vaso y una calada al cigarro, mirando la soledad del parque afuera de casa. Ahí estaba de nuevo, ese dolor de cabeza que me está matando, el mismo dolor que me ataca todas las madrugadas a la misma hora.

"Esto no está bien" pensaba con amargura cuando un leve quejido irrumpió el silencio de la habitación. Era ella, agitándose incómoda mientras se quejaba por lo bajo; al acercarme y tocarla noté como sudaba y se movía intranquila, ahí estaban de nuevo sus pesadillas. La abracé y me tendí a su lado para cuidarla, acariciando su frente y tratando de calmarla, sin embargo mis esfuerzos fueron inútiles, por más que susurré a su oído y le tomé la mano, sabía lo que venía. Algo terrible la está atormentando y a mí me atormenta el hecho de no poder ayudarla.

Salí de la habitación mientras me ponía la ropa, un paso rápido por el lavabo me forzó a mirarme al espejo, mientras podía oír como la imagen del otro lado me replicaba "Abandonas, otra vez abandonas". Al salir de casa una última mirada a la fachada me rompió el corazón, la pena de una promesa no cumplida sin darme la oportunidad ni siquiera de pedirle perdón.

Caminé unas cuantas cuadras hasta llegar a la iglesia con la sola luz de un nuevo cigarro y unos cuantos relámpagos ocasionales iluminando mis pasos, mientras el viento me susurraba al oído "Abandonas, otra vez abandonas". Al llegar al atrio pude ver aquellas tres sombras paradas inmóviles, al acercarme dos de ellas me rodearon mientras la otra me seguía dando la espalda; uno a uno los recorrí a todos con la mirada mientras recitaba sus nombres, el primero a mi lado derecho, "El demonio del miedo", la segunda a mi lado izquierdo, "La muerte" y el tercero que no se dignaba a mirarme "El destino". Al mencionarlos los dos de los lados me miraron satisfechos y al preguntarles si me estaban esperando respondieron los tres al unisono con un "Si" que me heló la sangre.

Antes de marcharnos el de la derecha me tomó por el brazo preguntando:

- ¿Sabes? ella estuvo dispuesta a entregarse a mí, sólo para que yo no te hiciera más daño.

A lo que le respondí calándome mi máscara de la felicidad:

- Si, lo que ella nunca supo es que no podía salvarme.

Agosto de 2015.


domingo, 26 de julio de 2015

Nuevo Vecindario

Se estaba haciendo costumbre que su hijo jugara todas las tardes con la niña de al lado, lo que tranquilizaba a Juliana ya que al parecer la mudanza le había resultado menos frustrante que a ella, situación que era un alivio considerando que tenía que lidiar también con su cambio de empleo. Un martes después de jornada, Juliana decidió invitar a la amiga de su hijo a cenar, sería una linda ocasión para conocer a la niña y tal vez acercarse a sus nuevos vecinos. Al buscar a los chicos en el jardín no los encontró como era habitual, por lo que pensó que podría encontrarlos en la casa de al lado. Al tocar la puerta quien le atendió fue una anciana:

-Buenas, ¿Puedo ayudarle en algo?
-Hola, soy la mamá de Martín, el amigo de su nieta.
-¿Mi nieta?
-Perdón, pensé que sería su nieta. La nena rubia… ¿No vive aquí?
-Ah, entiendo –Respondió la anciana preocupada– pase un momento por favor.

Juliana entró y se quedó aterrada cuando la anciana le preguntó señalándole un enorme cuadro con una cinta negra cruzada:

-¿A esa nena rubia es que usted se refiere?

Julio de 2015.


lunes, 20 de abril de 2015

La mansión de los suicidas


Francisco no encontraba una explicación a lo que sucedía en su familia, la incertidumbre y la impotencia lo invadían. No entendía que era aquello que atormentaba de forma tan terrible a sus antepasados y que los llevaba a tomar aquella decisión. Pero fuera lo que fuera, sabía que estaba relacionado con aquella mansión. La familia de Francisco había vivido en aquella casa hacía mucho tiempo y durante décadas la habían conservado, simplemente como lugar de paseo o de descanso, a pesar de los sucesos allí ocurridos.

Su familia era propietaria de aquella enorme casa campestre desde que sus bisabuelos llegaron de México por asuntos de negocios y se radicaron ahí. Sin embargo el misterioso secreto que pesaba sobre ellos había hecho que muchos de sus antepasados y parientes tomaran la decisión de suicidarse. Todo empezó con la joven Mariana, hermana de su abuelo que había decidido arrojarse desde un balcón al patio delantero de la casa. En su tiempo muchos decían que había sido por una pena de amor.

Desde la muerte de la joven Mariana, el padre de esta y bisabuelo de Francisco que era un hombre respetado entre los de su época, se dedicó a la bebida sin dejar de ser un gran comerciante. Muchos años más tarde, don Antonio abuelo de Francisco, encontraría a su padre colgado en en una de las habitaciones de la casa, el rumor que corría era que nunca había superado la muerte de su hija consentida.

Fue entonces que don Antonio tomó las riendas de los negocios heredados y fue así como se convirtió también en un gran comerciante. Con los años y después de la muerte de su anciana madre, don Antonio se casó con María, una mujer hermosa que le robó el corazón para siempre y que a cambio le regaló dos hijos; Matías y Joaquín. Ambos crecieron para hacerse hombres respetables, el primero se dedicó a estudiar Derecho en una prestante universidad, el segundo siguió la carrera militar. Para don Antonio, todo era perfecto, sin embargo; por la debilidad de la carne y ya siendo un hombre mayor, tuvo un desliz amoroso con una de las mujeres que trabajaban en su enorme mansión, relación que dejó como saldo un bebé y por la que su esposa, María, se cortó las venas en el cuarto de baño al enterarse.

Don Antonio vivió lo suficiente para ver cumplir los tres primeros años a su nuevo hijo, el pequeño Eduardo; luego se puso una escopeta en el rostro a causa de la pena moral. Sus hijos lo encontraron en el salón principal, una tarde de agosto, con su contenido craneal desperdigado por el techo. Matías abandonó la mansión campestre familiar para irse a la ciudad, se hizo cargo de Eduardo, su pequeño hermano y se casó con Sofía para tener tres hijos más, José, Daniela y el mismo Francisco. Joaquín fue trasladado de contingente militar.

Años más tarde, después de una larga campaña, la mansión fue ocupada nuevamente por Joaquín. Nunca tuvo hijos o al menos nunca se supo de ellos. Dicen que los horrores de la guerra son muchos, dicen que hay cosas que no se pueden olvidar y dicen que eso fue lo que le pasó a Joaquín. Una noche lo encontró Eduardo al irle a visitar, con una botella de licor en la mano izquierda y una pistola en la derecha, recostado en su cama, mientras un delgado hilo de sangre le bajaba por la sien y le bañaba el resto del cuerpo.

Don Matías a partir de ese entonces puso la mansión en venta, pero nunca pudo cerrar el negocio. Durante un par de años estuvo cerrada y abandonada, ya que por superstición o precaución prohibió a sus tres hijos y a su hermano menor visitar aquella casa. Tiempo después Eduardo se mudó y se casó, mientras Francisco y sus hermanos empezaban a asistir a la universidad.

José, el hermano mayor de Francisco, que estudiaba arquitectura convenció a su padre de recuperar la antigua casa familiar, no sin antes hacerle las reparaciones de rigor que se habían hecho indispensables a causa de los años de abandono. Una tarde mientras Francisco se encontraba en el estudio, recibió una llamada telefónica que le dejó la sangre fría. Su padre y su hermano habían muerto en un accidente automovilístico, al parecer habían perdido el control de su auto mientras regresaban a casa después de visitar la mansión para acordar lo de las restauraciones, el auto había salido de la carretera y se había ido a un abismo; ambos habían muerto.

El funeral de don Matías y José fue triste y solitario, para acompañar a la viuda y a sus hijos solo se presentó su cuñado Eduardo, que solo pudo acompañarlos una noche, no sin antes hablar con Francisco acerca de las terribles tragedias que se habían presentado alrededor de aquella casa. Después de la muerte de su padre y de su hermano, Francisco estuvo durante meses atormentado por la misma idea, hasta que una vez, a escondidas y desobedeciendo los consejos de su madre tomó su auto para ir a visitar aquella casa.

Durante horas Francisco removió todos los trastos y cachivaches viejos que pudo, buscó en el sótano, examinó libros y documentos antiguos, pero poco pudo encontrar; estaba ya por darse por vencido, hasta que en un rincón del ático encontró un viejo baúl cubierto de polvo. Al abrir el baúl, pudo encontrar lo que parecían las pertenencias de una dama, además de un diario y una antigua carta. Francisco tomó el diario y lo leyó con detenimiento; sus ojos y su mente no podían creer lo que decía. La tristeza invadió a Francisco cuyas lágrimas brotaban sin parar desde sus ojos para nublarle la visión y corrían como cascadas por sus mejillas, de cuando en vez un enorme goterón caía sobre las hojas del diario que Francisco se adelantaba a secar con cuidado con la tela de su camisa para poder seguir leyendo. Una vez que Francisco hubo terminado el diario tuvo que hacer acopio de todas sus fuerzas para leer la carta. Tenía que leer aquella maldita carta, tenía que entender todo lo que su a su alrededor estaba pasando.

Francisco leyó y releyó la carta una y otra vez para estar seguro de lo que en ella se ponía, una vez estuvo todo claro, un sentimiento de abandono y soledad invadió su pecho, miró a su alrededor desolado y lo único que encontró para quitarse de encima la pena que ahora lo atormentaba, yacía colgado de una pared. Se acercó resignado, la bajó con cautela y apretó con sus manos aquella escopeta, la misma Winchester con la que su abuelo se había volado los sesos años atrás.

Abril de 2015.

domingo, 29 de marzo de 2015

¡Buenos días!

El calor insufrible de esa noche había hecho que Helena saliera de su cama a la 01:30 para sentarse en la acera acompañada por Kaicer y Nerón, los dos enormes perros criollos que siempre le seguían para todos lados. Sus padres le habían recomendado en muchas ocasiones anteriores que dejara la costumbre de salir a la calle a esa hora; pero ella, una chica a los plenos diecisiete años y con un carácter indomable pasaba de largo y hacía caso omiso de sus consejos.

Helena llevaba consigo una jarra de agua, un libro de Gabo y se mecía suavemente en la vieja silla de mimbre mientras el sudor le recorría la frente, el pecho y la espalda como si se tratara de un grifo abierto. Los dos canes permanecían amodorrados a lado y lado de la silla, con los hocicos recostados sobre las patas delanteras, sacudiendo el lomo de vez en vez. Era una noche tranquila de finales de julio y Helena estaba concentrada en su lectura, solo un ligero escalofrío que le recorrió la columna vertebral la hizo percatarse de que la temperatura había bajado drásticamente y ella había dejado de transpirar; se detuvo extrañada al oír gemir a Kaicer y a Nerón que parecían muy nerviosos y se quedaban mirando algo hacía el final de la calle que estaba completamente sola a esa hora.

La chica intentó hablar para tranquilizar a los perros, pero de su boca solo escapó una bocanada de vapor, mientras los dos canes se empujaban el uno al otro por esconderse tras la silla y chillaban nerviosos. Helena misma estaba completamente aterrada sin saber porque y observaba como lentamente la calle era invadida por una tenue neblina. Trató de ponerse de pie, pero ni las piernas ni los brazos le respondían y sentía como algo le oprimía el pecho y no la dejaba respirar.

De pronto a lo lejos pudo oír cómo se acercaban unos pasos que hacían eco por toda la calle, que por el sonido parecían ser unas pisadas cubiertas por zapatos de material. Pronto entre la neblina, Helena pudo observar la silueta de un hombre que se acercaba lentamente, vestido de traje, sombrero de ala ancha y apoyado en un fino bastón. El hombre que caminaba por la mitad de la calle sin prisa, iba completamente de blanco; era un tipo alto, de nariz aguileña y mandíbula alargada, los pequeños ojos hundidos en unas ojeras prominentes, hacían juego con el color pálido de su piel y una maquiavélica sonrisa que se dibujaba en sus delgados labios.

Un extraño efecto visual que Helena no podía entender, hacía que el hombre pareciera cada vez más y más alto mientras se acercaba a la casa. Al pasar frente a la fachada de la casa de Helena, el hombre se detuvo en la mitad de la calle, miró a la chica que permanecía inmóvil y le dijo:

– Buenos días, hermosa jovencita. Gracias debe dar usted, ya que si no fuera por la criatura que lleva en el vientre, ahora mismo la invitaría a dar un paseo.

Nota: Este relato no es de mi autoría, sólo lo he modificado un poco para publicarlo en mi blog. Se trata de una historia que durante años me ha contado alguien muy especial, bajo el argumento de que es algo que le sucedió en la vida real; ya vos sacarás tus propias conclusiones.




domingo, 22 de marzo de 2015

El misterio de Aguas Verdes Capítulo VIII


El rugido se oyó una vez más, mucho más fuerte y más cerca de lo que lo habían podido oír antes, el sargento al ver la enorme sombra intentó gritar para avisar a sus compañeros que miraban desprevenidos hacia abajo esperando sus indicaciones. En segundos, Castro que intentó reaccionar se vio impotente ante las garras de la bestia y perdió el control de su M60 cuyas balas atravesaron a Carlos que corría tratando de huir por la quebrada. López y Estrada dispararon inútilmente, Vélez también intentó reaccionar pero todo fue en vano, dos zarpazos de la criatura y todo había acabado. Ahora las balas de Ríos y los otros silbaban por el aire y chocaban con las paredes tratando de seguir a la criatura que saltaba de una roca a otra a una velocidad absurda. De repente los disparos cesaron, el monstruo los miraba desde lo más alto con el cuerpo inerte y destrozado del otro chico entre sus garras mientras una sustancia amarillenta y babosa goteaba de su hocico y los cuerpos desgarrados sin vida de Castro y Vélez caían a los pies de Ríos, López y Estrada.

La bestia efectivamente parecía un simio enorme de unos tres metros de alto. La piel de un malsano tono azuloso era tosca y arrugada cubierta por una gruesa melena blanca sucia sobre los hombros, la parte alta de los brazos y la espalda; el resto de su cuerpo era completamente pelado. La cabeza blanca y calva llena de manchas negras, tenía la piel muy apretada, casi como si solo recubriera el cráneo sin carne, su hocico era alargado hacia abajo y rematado con una boca llena de dientes y colmillos curtidos y disparejos; de la boca y fosas nasales estaba constantemente goteando aquel desagradable liquido viscoso y amarillento. Los ojos  eran color ocre, similares a los ojos de un perro y las simiescas extremidades delanteras estaban rematadas en unas gruesas y sucias garras; pero lo peor era ese desagradable olor a amoniaco que se sentía desde lejos. La criatura era fuerte, más de lo que esperaban Ríos y sus hombres, pero si se tenía en cuenta su tamaño no era nada sorprendente; sin embargo, la velocidad a la que se movía era algo increíble.

Ríos se quedó mirando a la bestia los ojos, mientras esta con total tranquilidad graznaba complacida y desmembraba el cuerpo del chico que hasta hacía unos minutos guiaba a Vélez y a Castro. El sargento pensó en disparar una vez más pero sus manos no le respondían, parecía que había perdido el control de su cuerpo a causa del terror. De repente sintió un fuerte empujón; eran Estrada y López que tiraban de él para alejarse corriendo mientras la bestia estaba distraída. El monstruo lanzó un nuevo rugido al aire que retumbó por todas partes y los tres policías corrieron por la quebrada entre tropezones y resbalones con las fuerzas que les quedaban, Ríos avanzaba como un autómata con el corazón en la mano sin saber bien que hacer, pensaba alternadamente en su hijo malcriado, en su esposa, en el novato, en Pastrana, en Castro y en Vélez que estaban muertos por su culpa. Mientras detrás de ellos se oían los crujidos de las ramas y los saltos de la criatura por el bosque que los iba siguiendo.

"Margarita" susurró el sargento mientras pasaban el punto en el que habían tenido que desviarse, cuando de repente la criatura se cruzó frente a ellos, estaba a escasos metros de distancia. Ríos y Estrada fueron los primeros en reaccionar mientras López cargaba de nuevo su escopeta, pero el monstruo evadió sus balas y los saltó, con un fuerte zarpazo desgarró la espalda de Estrada que en un gemido corto cayó tendido al suelo y con otro zarpazo mandó por los aires a López que cayó atravesado en una estaca. Ríos giró y al tener a la bestia frente a frente disparó una nueva ráfaga que la hizo retroceder un par de pasos, pero de nuevo retomó con impulso y con un nuevo ataque de sus garras destrozó el brazo izquierdo del sargento que intentaba cubrirse. El policía que se creyó perdido echo mano al revólver como última opción y disparó toda su carga mientras caía sentado en el agua, pero de nuevo la criatura saltaba y daba alaridos de un lado a otro mientras se perdía entre los matorrales.

Era evidente que no todos los disparos habían fallado, en los últimos movimientos Ríos pudo notar como algunas perforaciones en la piel de la bestia supuraban una tinta rojiza mezclada con aquel moco amarillento, mientras advertía que la velocidad y la fuerza del monstruo habían disminuido considerablemente, aunque aún así seguían siendo descomunales. En ese momento recordó al flaco Pastrana, "De seguro también le diste, no fallaste después de todo", suspiró como una oración mientras estaba a punto de rendirse. Ríos estaba agotado y mal herido, su brazo estaba completamente destrozado y a su lado Estrada yacía de bruces en un charco de sangre que se diluía en la corriente, de repente oyó un débil llamado, era la voz de López que se quejaba a unos metros; se incorporó como pudo y al acercarse cayó de rodillas a su lado.

La herida de López era grave, la estaca le había atravesado de atrás hacía adelante por el abdomen y asomaba medio metro por fuera, mientras la sangre manaba a borbotones de su vientre. Ríos no tenía idea de como podría sacarle de ahí por lo que seguramente  no sobreviviría por mucho tiempo.

– No siento las putas piernas sargento –Dijo López apretando el ceño– creo que me jodí la espalda – Aspiró con dificultad y luego continuó–  ¿Todos están...
– Creo que si... –Interrumpió Ríos por lo bajo– 
– La cagamos viniendo a esto sargento, la cagamos mal...
– Tranquilo López, de esta salimos se lo aseguro... creo que le atiné un par de tiros a esa cosa y...
– De seguro más de un par –Interrumpió López con esfuerzo– Seguro que todos le dimos, pero la verdad nos jodió, ya ni siquiera soy capaz de silbar mi canción...
– Tranquilo López, igual, nunca me gustó mucho tu canción...

En la boca de López se dibujó una leve sonrisa que se transformó rápido en una mueca de dolor, Ríos al ver que su compañero se iba, solo atinó a empezar con las palabras de aliento.

– No te preocupes Reynaldo, manten los ojos abiertos, todo va a salir bien, ten fuerza y aguanta, vamos a salir de acá te lo prometo. No sé bien cómo, pero vamos a salir de acá.
– Mi sargento, no diga idioteces... mejor tome...

El sargento tomó lo que le pasaba la mano temblorosa y ensangrentada de López que se quedaba con la boca abierta y los ojos fijos en el cielo; al mirar lo que era dudó un momento, pero reaccionó y rápidamente supo lo que tenía que hacer. Atrás suyo oyó el rugir de la bestia que embestía de nuevo y el crujir de las ramas bajos sus saltos, Ríos sintió la adrenalina aumentar en su cuerpo, inmediatamente retiró la espoleta con los dientes y se giró para lanzar la granada, pero lo único que vio mientras gritaba furioso, fueron esos horribles ojos amarillos y la zarpa que se movía de arriba a abajo para impactarle una vez más.

Epílogo


En el cielo se podía oír el sonido de las hélices de un aperezado helicóptero del ejército que sobrevolaba las montañas y se acercaba a Aguas Verdes. Entre tanto, un vehículo nuevo identificado como de la policía, se abría paso hasta donde podía por la embarrada entrada de la finca del señor Correa. Al bajar, el oficial maldijo por haber ensuciado sus zapatos y se acercó rápidamente a la casa, tratando de esquivar charcos y huecos aquí y allá. Al asomar a la puerta de la entrada, una mujer de mala facha lo recibió con un saludo indiferente y lo guió hasta uno de los balcones con vista hacia las profundas gargantas de la montaña. Una lejana explosión que retumbó en el bosque y a través de las montañas lo hizo erizar de pies a cabeza, mientras el señor Correa que lucía preocupado, con el mentón recostado sobre el dorso de las manos en una mesa de madera lo recibió sin pararse, los dos hombres se quedaron en silencio por unos instantes hasta que Correa, después de un suspiro profundo dijo:

– Buenas tardes Medina, por su tranquilidad y por la mía, espero que todo haya salido bien.


sábado, 21 de marzo de 2015

Necesidades básicas



Alonzo había llegado hacía pocos días por asuntos de negocios, aunque ya conocía bien la ciudad. Esa noche recorría a pie la avenida 6, buscando saciar sus necesidades básicas. La calurosa noche caleña, la gente que iba y venía de aquí para allá, el ruido de cada bar, discoteca y establecimiento lo sofocaban pero sabía que tenía que encontrar a alguien para satisfacer lo que su cuerpo le pedía. En un momento decidió doblar una esquina y adentrarse por algunas de las calles más solas que desembocaban en la avenida 3. Caminó un par de cuadras con las manos en los bolsillos, la cabeza gacha y la mirada de reojo buscando a su alrededor mientras se cruzaba con algún que otro vendedor de drogas que lo abordaba preguntándole si buscaba algo en especial o con algún travesti ordinario que lo siseaba y le gritaba "papi" para luego soltar una estruendosa carcajada.

No tardó en encontrar lo que buscaba, grupos de chicas vestidas de forma sugestiva aguardaban paradas en las esquinas a ser abordadas por algún cliente, pero Alonzo quería una mejor candidata para satisfacer los deseos de su cuerpo. Alguna mujer solitaria sería la ideal, pues no quería ser visto abordando a una trabajadora nocturna, eso después podría traerle problemas o situaciones incómodas.

Alonzo caminaba a pasos largos pero lentos, analizando con detenimiento todo a su alrededor y a cada una de las personas que se topaba. En un momento vio una mujer vestida de negro, alta y voluptuosa, con cabello ondulado que le caía sobre los hombros, parada a mitad de cuadra. Alonzo sonrió con malicia y satisfacción al saber que había encontrado a la candidata perfecta y cruzó la calle para alcanzarla. La mujer era bastante joven, sin embargo, mostraba experiencia en su trabajo ya que se quedó esperando tranquila a que Alonzo llegara hasta donde ella se encontraba.

– Hola guapo –Fue el saludo de la mujer que sonreía con picardía– ¿Buscás algo? ¿Algo con lo que pueda ayudarte?
– Sicuro que si –Respondío Alonzo forzando su español, devolviendole la sonrisa y mirandola a los ojos– ¿Cuale es el tuyo prezzio?
– ¡Un extranjerito! –Exclamó la mujer divertida– Esta noche no me lo esperaba; cien mil querido, eso es lo que vale una noche con este cuerpesito. Te hago y doy lo que querás, pero eso si, con protección.
– Non me disturba la protezione –Dijo Alonzo–  L' apartamento in cui me hospedo está a pochi cuadra de aquí. ¿Te molesta caminare hasta ahí?
– No guapo, vamos –Dijo ella guiñandole un ojo y enganchandose de su brazo para acompañarle–

Caminaron por calles oscuras mientras Alonzo aprovechaba para hablarle y mirarla de vez en cuando; sabía que la tenía hipnotizada y que ahora le pertenecía; la mujer haría esa noche lo que él le pidiera sin negarse o poner queja alguna. En un momento hubieron llegado a un parque que Alonzo reconoció como el parque de Versalles, que aunque estaba totalmente iluminado lucía solitario a esa hora y las ventanas de los pocos apartamentos vecinos se veían oscuras. Alonzo aprovechó para conducir a la mujer y recostarla contra un árbol, mientras ella incontenible gemía por lo bajo complacida.

– ¿Qué hacés guapo? –Fue lo único que protestó– Me dijiste que me llevabas a tu apartamento.
– Mi scusi –Dijo Alonzo– Ma non puedo soportare, e non me puedo contenere.
– Hacé lo que querás entonces –Respondió ella en un susurro mientras bajaba el cierre del pantalón de aquel hombre que la apretaba entre sus brazos– 

Alonzo, sonriendo con malicia una vez más, sintió como la necesidad era incontrolable, mientras los ojos se le tornaban de un color rojo intenso y los colmillos se alargaban para brillar ante las luces de los faros del parque. Apretó a la mujer contra su cuerpo de tal forma que no pudiera escapar y le clavó sus dientes en el cuello, mientras un ligero hilo de sangre resbalaba por la comisura de sus labios. La mujer trató de resistirse inútilmente, pataleó por un par de minutos, trató de apartar al hombre con sus manos, mientras un grito se ahogaba en su garganta y las fuerzas escapaban de su cuerpo. Era demasiado tarde para oponerse, Alonzo había saciado su hambre.

Marzo de 2015

domingo, 15 de marzo de 2015

El misterio de Aguas Verdes Capítulo VII


Descendieron por la ladera con mucha dificultad, el sendero se perdía por tramos entre los matorrales y reaparecía varios metros más adelante, la montaña era bastante empinada, el camino era resbaloso y en algunos sitios se desbarrancaba bajo sus pies. En algunos puntos tenían que descender agarrados como podían de las salientes, la constante llovizna fría de esa mañana y el peso de las armas no ayudaban para nada. El trayecto hasta abajo duró unas dos horas aproximadamente, cuando llegaron a la parte más baja del cañón era más de medio día, estaban completamente empapados y maltratados por los golpes y las caídas, todos lucían bastante cansados a excepción de Castro; la parte media de las piernas les dolían y sentían que la ropa pesaba, además habían tenido que bajar soportando el eco de los rugidos de la bestia que se oía retumbar a lo lejos entre las montañas. Al ojear bien el sitio vieron que estaban en una depresión estrecha entre las montañas por la que corría una sucia quebrada a causa de la reciente llovizna; que en sus partes más profundas apenas si les cubría hasta las rodillas.

El teniente Ríos echó un ojo rápidamente para contar a sus hombres "todo bien hasta aquí" se dijo mentalmente; los policías con sus armas cargadas y listas para disparar, miraban y apuntaban en todas direcciones; mientras que los chicos visiblemente más nerviosos trataban de ubicarse al centro del grupo.

- A partir de aquí tendremos que seguir en alguna dirección -Dijo Ríos finalmente, en un suspiro- No nos podemos quedar aquí, tenemos que avanzar...
- Creo que deberíamos seguir aguas arriba sargento -Respondió López escupiendo y mirando en la dirección hacía donde venía el agua- me parece que desde ahí se escucha más fuerte ese maldito rugido.
- Estoy de acuerdo -añadió Vélez- creo que López tiene razón.

El sargento Ríos miró a los chicos que les servían de guías como quien busca una opinión, pero se dio cuenta que estaban más interesados en mirar a los alrededores buscando un movimiento ligeramente sospechoso para huir corriendo del lugar, que en seguir un rastro de la criatura.

- Bien, aguas arriba será -Respondió Ríos resignado- Uno de los chicos adelante con López, Estrada el otro chico y yo los seguimos, Castro cierra el grupo con la M-60 y Vélez le acompaña, nos mantenemos a dos metros el uno del otro, pendientes a los matorrales y cualquier cosa extraña que vean... disparan primero, avisan después.
- No estoy de acuerdo sargento -Refutó Castro-
- ¿Qué? ¿de qué hablas?
- Sargento, creo que alguien debe cerrar la marcha, alguien debe ir escoltando al grupo.
- Si, por eso dije, -respondió Ríos ladeando la cabeza- tu vas hasta atrás con la M-60 y Vélez te acompaña.
- No mi sargento, -Negó Castro con obstinación- lo que le digo es que alguien debería cubrir el grupo desde cierta distancia, la M-60, tiene mucho más alcance, usted sabe...
- ¿Acaso estás loco?, no voy a cometer el mismo error de nuevo, esta vez vamos todos juntos ¡nadie se separa!
- ¿Acaso te dio miedo? -Inquirió López- ¿quieres estar en una posición segura?, si es así, te hubieras quedado en casa.
- No seas idiota, miren aquel sendero de ahí -Respondió Castro señalando el lado contrario de la quebrada a por el que habían descendido- si avanzo por ahí podría tener una posición más elevada y cubrir perfectamente un mayor rango de vista que el que puedo cubrir desde aquí, casi que cualquier cosa que intente acercarse, la voy a ver desde mucho antes.
- A mí, me parece que no es una mala idea Guillermo -Añadió Vélez- por lo que veo ese sendero está ¿a qué, unos cien metros, ochenta quizás? poco más, poco menos que eso, si avanza paralelo al grupo por ahí, nos podría cubrir muy bien.
- Si, -Respondió Rios sacudiendo la cabeza- ¿y quién diablos lo va a cubrir a él?
- Sargento -Interrumpió López- tengo que reconocer, que pensándolo bien, no es tan mala idea...
- No, -Respondió Estrada- Yo estoy de acuerdo con el sargento, no nos podemos separar, lo mejor es mantenernos juntos.
- Esa cosa, sea lo que sea -Continuó Ríos- no es más que un puto animal, no nos va a atacar desde lejos, si nos quiere tiene que acercarse y si ve un grupo grande es más difícil que intente venirsenos encima, en cambio si vamos por separado...
- Precisamente Guillermo -Insistió Vélez- Vinimos aquí para cazarla, no estamos aquí para hacer una caminata feliz por el río, yo entiendo la preocupación, pero si ese animal o lo que sea ve un grupo más reducido, es más probable que intente acercarse y esa será la oportunidad de Castro, y pues si nos toma por sorpresa, tenemos con que defendernos.

El sargento sabía que la idea no era tan descabellada después de todo, pero también sabía que no podía enviar solo a Castro por el sendero, tendría que enviarlo con alguien más, pero enviarlo con uno de los chicos era enviarlo solo por el bosque con alguien a quien no conocía, no confiaba en lo absoluto y que ni siquiera tenía idea de si sabía disparar bien. Por otra parte podría enviarlo con Estrada, este seguro sería mucho mejor escolta pero también desconfiaba de él, además ni siquiera el flaco Pastrana parecía haberle hecho mucho a la criatura y enviarlo con Vélez o con López por el contrario significaría quedarse con Estrada y con uno de los muchachos en un grupo más reducido. Estrada que parecía adivinar los pensamientos de Ríos mientras paseaba los ojos de unos a otros se adelantó a decir:

- Está bien sargento, voy yo con Castro y uno de los chicos, confíe en mi.

Ríos, estaba a punto de darle un no rotundo, cuando Vélez interrumpió.

- No Guillermo, este muchacho y yo -Dijo mientras palmeaba a uno de los muchachos que se ponía blanco del terror al saber que se separarían- vamos por el sendero con Castro cubriendo la retaguardia.
- Bien sargento -Añadió Castro- Usted decide.
- Está bien -Respondió Ríos a regaña dientes- Ustedes tres van por ese sendero, eso si, mucho cuidado, necesito que estén alertas.

Ríos, López, Estrada y el muchacho que se hacía llamar Carlos, esperaron en su sitio hasta que los otros tres hubieron alcanzado el sendero, viéndolos desde ahí, de verdad que parecían bien ubicados. Luego prosiguieron con su avance aguas arriba por la quebrada, con López y Carlos encabezando el grupo, Estrada y Ríos siguiéndolos a unos tres metros de distancia y Castro y los otros dos que aparecían y desaparecían entre la maleza cada tanto a unos cien metros a la izquierda y por encima de ellos. No pasó mucho tiempo hasta que hubieron encontrado un charco de sustancia gelatinosa, amarilla y se oyó un rugido adelante y a lo lejos. Más adelante una masa carnosa y blanquecina rodeada por la misma sustancia amarillenta de antes, a un lado de la quebrada les indicó que iban por buen camino.

- ¿Qué será esa puta cosa? -Preguntó López torciendo el gesto con asco-
- Es igual a la que vimos la noche en que murieron el flaco y el novato -Dijo Ríos-
- Parece carne vomitada a medio digerir -Respondió Estrada sin inmutarse-
- A veces encontramos esas cosas después de que se pierden los animales -Añadió Carlos, mientras Ríos y López se miraban asqueados a causa del comentario de Estrada-
- No importa lo que sea eso, debemos continuar -Concluyó Ríos-

Avanzaron por unos quince minutos más hasta llegar a un punto donde se unían dos quebradas; debido al camino que habían tomado Castro, Vélez y el otro chico, el grupo de Ríos tuvo que seguir avanzando por la quebrada de la izquierda que era más estrecha y mucho menos caudalosa.

- Estrada, ¿por qué viniste a esto? -Empezó a preguntar Ríos- Yo no me trago el cuento de que estás aquí para "asegurarle" a Medina que todo salga bien, ¿Sólo te interesa la plata no?, hay que ver como se equivoca uno con las personas, nunca me pareciste un tipo ambicioso.
- No, no solo por eso sargento, la plata es sólo un beneficio adicional que no le voy a negar me cae muy bien, pero vengo porque yo también tengo una deuda con el novato y con el Flaco. ¿Sabía usted que Pastrana y yo estuvimos juntos en la academia?, y pues... que estén muertos es en parte mi culpa.
- ¿De qué hablas? -Preguntó López, sin prestar mayor atención, mirando en todas direcciones buscando cualquier rastro de la bestia-
- El día que pasó lo que pasó... -Empezó Estrada cortándose y suspirando- No hubo ninguna llamada, o al menos no de nada raro que pasara en ese sitio, Correa necesitaba sacar un cargamento del pueblo y no quería que la patrulla anduviera por ahí, Medina me avisó y pues... ustedes se imaginarán el resto.
- Maldito hijo de puta -Exclamó Ríos exaltado, mientras se detenía y apretaba su uzy con fuerza- por tu culpa...
- Si, sargento yo sé -Respondió Estrada sin detenerse- pero no tenía idea de lo que iba a pasar, no tenía idea que esa cosa existía, aún así me siento culpable y por eso estoy aquí, usted quería saber, y ya le dije.

Los cuatro hombres avanzaron por el riachuelo, hasta llegar un punto en el que había una cascada, hacía ya un buen rato que no se oían los rugidos de la criatura. El camino de Castro y los otros dos, se había acercado bastante al cauce del agua y ahora caminaban unos metros por encima de Ríos y su grupo; por un sendero mucho más despejado, pero la pared de roca que separaba a los dos grupos estaba húmeda, era completamente vertical e imposible de escalar. Carlos le hizo una seña al chico de arriba que iba con Castro y Vélez, y luego se dirigió al sargento.

- No sé, pero esto no me gusta una mierda -Suspiró Ríos-  ¿Qué quieres muchacho?
- Señor, por aquí no podemos avanzar más, si queremos seguir tenemos que regresar y subir por el camino que van ellos.
-¿Hasta dónde tenemos que regresar? -Preguntó el sargento en un tañido-
- Hasta donde esta quebrada se une con la otra...
- ¡Mierda! -Exclamó Ríos- Si a las tres de la tarde no hemos hecho nada, empezamos a subir de regreso, volver hasta la casa de Correa nos va a llevar mucho más de dos horas y no quiero estar aquí para cuando caiga la noche con esa maldita cosa merodeándonos.

Ríos miró a los de arriba que esperaban atentos una señal de parte suya, pero al levantar la cabeza se quedó petrificado al ver una sombra que cruzaba el cielo de lado a lado oscureciendo todo.

domingo, 8 de marzo de 2015

El misterio de Aguas Verdes Capitulo VI


Ese día arrancaron a las 05:00 horas, todos habían salido de casa con una excusa distinta, lo único en lo que habían coincidido es que iban a estar fuera por unos tres días. Margarita, la esposa de Ríos, no le había creído y él lo sabía, sin embargo se había limitado a decirle un “cuídate” resignada. Se reunieron todos en la plaza central mientras aún estaba oscuro, Estrada fumaba un cigarro para el frío, Castro que se veía incómodo se mantenía apartado, Ríos y Vélez hablaban de algo sin importancia y López tarareaba su odiosa canción. No pasó mucho tiempo hasta que los recogiera un viejo Land Rover SIII de camino a las montañas.

Ríos tuvo el tiempo suficiente de analizar a sus compañeros durante el camino. Vélez era un hombre que rayaba en los cincuenta años, siempre se había caracterizado por su carácter jovial y no hacía mucho que se había retirado de la policía, lo había hecho más por aburrimiento que por incapacidad, sin embargo hacía ya tiempo que todos lo llamaban el viejo y ahora en verdad lo parecía. Por otro lado Castro era un negro alto y fornido de cabeza rapada que no dejaba de quejarse del frío, aunque provenía de la costa, ya hacía unos diez años que trabajaba y vivía en Aguas Verdes, por su aspecto y su actitud seria muchos creían que era de mal carácter pero en realidad se trataba de un tipo muy noble y confiable. Por otro lado López era un sujeto vivaz que ya superaba los treinta, llevaba meses dejándose crecer el bigote y la barba, ese día llevaba puestas unas botas, un fiyá y una pava negras que le daban un aspecto extraño, tal vez un aspecto de mercenario. En tanto Estrada, de baja estatura, con su cabello negro bien peinado y sus lentes, siempre le había parecido un tipo honesto, el típico policía de escritorio al que poco le gustan las calles, ya llevaba unos años de comandante de Guardia en su escuadra y Ríos no se explicaba cuál era el papel que jugaba en los negocios del señor Correa; lo cierto es que ya no le inspiraba confianza.

Fueron unas dos horas y algo más de viaje incómodo entre los saltos y giros del campero que crujía con cada avance, los cinco hombres iban en la parte de atrás hablando apenas lo necesario; iban pensativos, pues no sabían con que tendrían que enfrentarse. Por un instante varias preguntas asaltaron la mente del sargento; ¿qué tal si el día de la muerte de Pastrana y el novato, Correa había encontrado la forma de que la criatura abandonara sus terrenos y bajara por la quebrada hasta dónde ellos la encontraron? ¿Y si Estrada sabía de eso? ¿Y si los había enviado ahí a propósito? ¿Y si todo esto era una trampa?, estaba devanándose los sesos pensando en todo eso cuando en un momento el campero se detuvo y el conductor les avisó con su dialecto ordinario que habían llegado. Ya era de día, el lugar era una finca entre las montañas desde donde se podía divisar Aguas Verdes a lo lejos como una mancha cuadriculada, en la mitad de la finca había una vieja casa de paredes de embutido, altas y blancas con sócalos rojos casi hasta la altura de la rodilla. El suelo era un lodazal húmedo por la constante brisa, un par de establos mal olientes se encontraban a un lado y al cruzarlos, bajando la colina cultivos de marihuana hasta donde la vista alcanzaba.

Una vieja gorda y canosa vestida con harapos y botas pantaneras les hizo señas desde la casa, al entrar, Correa y dos hombres jóvenes visiblemente nerviosos los esperaban. La vieja sirvió agua de panela caliente con huevos revueltos, pan y queso para todos mientras Correa les iba explicando a los policías lo que tenían que hacer. Cruzarían los cultivos de marihuana lo cual les tomaría unos cuarenta o cuarenta y cinco minutos, al llegar al límite tendrían que bajar por una loma y finalmente descender por una cuesta mucho más empinada hasta una quebrada, los dos hombres que los acompañarían conocían bien el camino, sin embargo deberían permanecer alertas.

– ¿Qué armas llevaremos? –Preguntó Ríos inquieto–
– Acompáñenme –Respondió Correa– No se irán con las manos vacías.

Se dirigieron a una bodega posterior de la casa y sobre una mesa de madera encontraron algo que los sorprendió a todos, ante la vista el viejo Vélez no se contuvo al exclamar  con sarcasmo mirando al comerciante:

– Y eso que no es usted un hombre de armas
– Con dinero se pueden conseguir muchas cosas hombre –Respondió Correa con su ya conocida sonrisa– Además, su comandante los conoce bien y me ha pedido que los consienta. Igual, me encargó unos... ¿AR-15?, creo que se llamaban así, Medina dijo que eran buenos, pero esto es lo que hay.

Cuatro AK-47 reposaban sobre la mesa cargados y listos para usarse, acompañados por dos cargadores adicionales para cada uno, una M-60 con cadena para 200 balas, una escopeta recortada Winchester calibre 12 similar a la que estaba acostumbrado a llevar López y una Uzy que tomó el comerciante pasándosela directamente a Ríos mientras le decía:

– El teniente Medina, me dijo que esta era especialmente para usted sargento, tal como le gustan.

Además en la mesa había dos granadas de mano que de inmediato se apañó López y revólveres calibre 38 para repartirlos entre los otros. Castro, sin dudar le echó mano a la M-60 y los demás se conformaron con los AK-47.

– ¿Y cómo nos comunicaremos? –Preguntó Ríos frunciendo el ceño–
– Lo siento sargento, eso si que no, sin radios esta vez –Respondió Correa cruzando los brazos– Ya sabe que no podemos arriesgarnos por lo de los militares rondando y esas cosas. Así que una vez bajen ahí, quedan por su cuenta. Sin embargo, si es importante que lleven esto –Les dijo sacándose una cámara fotográfica del bolsillo– y pasándosela a Estrada.

– ¿Para qué es eso? –Preguntó el viejo–
– Es la forma como me van a comprobar que si se deshagan bien de la criatura.

Los hombres se miraron unos a otros arrugando el ceño y al cabo de un momento siguieron revisando lo que tenían entre las manos.

– ¿Cuánto tiempo llevas sin tocar un juguete de verdad –Le preguntó Castro a Estrada–
– No tanto como para olvidar como se usa –Respondió Estrada montando su arma–
– Parece ser que por lo que vamos es grande –Dijo Vélez mirando su fusil– nunca porté uno de estos.
– No son de uso militar en nuestro país –Respondió Estrada– De hecho son ilegales.
– Aún estás a tiempo para arrepentirte viejo, ya no estás para estos trotes –Añadió López, en tono de burla–
– Te sorprenderías de lo que este viejo puede hacer y tú no, muchacho –Respondió Vélez moviendo la pelvis de forma obscena–

Todos rieron a carcajadas, ese era el viejo Vélez que recordaban. Después de un momento, el sargento Ríos añadió:

– Señores, entre más rápido empecemos, más rápido regresamos a casa, así que vamos.

Avanzaron tal cual se los había indicado el propietario de casa, siguiendo a los dos jóvenes que parecían estar un poco por encima de los veinte años, serían tal vez de la misma edad del novato pero en sus rostros se notaban los rasgos indígenas de los campesinos de la zona. En un momento Ríos se acercó más a Castro para hablarle:

– Esa cosa que llevas es pesada e incómoda, debiste pedir algo más ligero.
– No se preocupe mi sargento –Respondió Castro con su acento ronco– soy capaz de llevarla sin quejarme, además seguro será útil.
– Está bien si tú lo dices por mí no hay problema. Otra cosa, cuidado con los mocosos, no podemos confiarnos y… cuidado también con Estrada.
– Lo sé sargento –Respondió de nuevo Castro– no les quito el ojo de encima.

Estrada que avanzaba un poco más adelante y había alcanzado a oír algo respondió en voz alta:

– Tranquilo mi sargento, pierda cuidado conmigo que estamos en lo mismo, y con los chicos; si, hay que tener cuidado, no sea que les pase lo mismo que le pasó a Sánchez.
– ¿Y estos chicos si saben...? –Preguntó Castro, mirando a Estrada y torciendo la boca–
– Saben lo que les pude enseñar, –Respondió Estrada– Espero que sea suficiente.

Mientras avanzaban un poco más, López que ya empezaba a sentir cansancio, le preguntó a Vélez solo por hacerse el listo:

– ¿De verdad quieres hacer esto? Mira que el descenso es duro, pero después subir…
– Deja de hablar y camina –Respondió el viejo– y si no puedes, avísanos para bajarte cargando, por la subida no te preocupes, nadie garantiza que vamos a regresar.
– Silencio –Exclamó Ríos deteniéndose de repente–

A lo lejos, se podía oír un rugido, era similar al grito de un enorme simio en celo. La bestia los estaba esperando.