lunes, 20 de abril de 2015

La mansión de los suicidas


Francisco no encontraba una explicación a lo que sucedía en su familia, la incertidumbre y la impotencia lo invadían. No entendía que era aquello que atormentaba de forma tan terrible a sus antepasados y que los llevaba a tomar aquella decisión. Pero fuera lo que fuera, sabía que estaba relacionado con aquella mansión. La familia de Francisco había vivido en aquella casa hacía mucho tiempo y durante décadas la habían conservado, simplemente como lugar de paseo o de descanso, a pesar de los sucesos allí ocurridos.

Su familia era propietaria de aquella enorme casa campestre desde que sus bisabuelos llegaron de México por asuntos de negocios y se radicaron ahí. Sin embargo el misterioso secreto que pesaba sobre ellos había hecho que muchos de sus antepasados y parientes tomaran la decisión de suicidarse. Todo empezó con la joven Mariana, hermana de su abuelo que había decidido arrojarse desde un balcón al patio delantero de la casa. En su tiempo muchos decían que había sido por una pena de amor.

Desde la muerte de la joven Mariana, el padre de esta y bisabuelo de Francisco que era un hombre respetado entre los de su época, se dedicó a la bebida sin dejar de ser un gran comerciante. Muchos años más tarde, don Antonio abuelo de Francisco, encontraría a su padre colgado en en una de las habitaciones de la casa, el rumor que corría era que nunca había superado la muerte de su hija consentida.

Fue entonces que don Antonio tomó las riendas de los negocios heredados y fue así como se convirtió también en un gran comerciante. Con los años y después de la muerte de su anciana madre, don Antonio se casó con María, una mujer hermosa que le robó el corazón para siempre y que a cambio le regaló dos hijos; Matías y Joaquín. Ambos crecieron para hacerse hombres respetables, el primero se dedicó a estudiar Derecho en una prestante universidad, el segundo siguió la carrera militar. Para don Antonio, todo era perfecto, sin embargo; por la debilidad de la carne y ya siendo un hombre mayor, tuvo un desliz amoroso con una de las mujeres que trabajaban en su enorme mansión, relación que dejó como saldo un bebé y por la que su esposa, María, se cortó las venas en el cuarto de baño al enterarse.

Don Antonio vivió lo suficiente para ver cumplir los tres primeros años a su nuevo hijo, el pequeño Eduardo; luego se puso una escopeta en el rostro a causa de la pena moral. Sus hijos lo encontraron en el salón principal, una tarde de agosto, con su contenido craneal desperdigado por el techo. Matías abandonó la mansión campestre familiar para irse a la ciudad, se hizo cargo de Eduardo, su pequeño hermano y se casó con Sofía para tener tres hijos más, José, Daniela y el mismo Francisco. Joaquín fue trasladado de contingente militar.

Años más tarde, después de una larga campaña, la mansión fue ocupada nuevamente por Joaquín. Nunca tuvo hijos o al menos nunca se supo de ellos. Dicen que los horrores de la guerra son muchos, dicen que hay cosas que no se pueden olvidar y dicen que eso fue lo que le pasó a Joaquín. Una noche lo encontró Eduardo al irle a visitar, con una botella de licor en la mano izquierda y una pistola en la derecha, recostado en su cama, mientras un delgado hilo de sangre le bajaba por la sien y le bañaba el resto del cuerpo.

Don Matías a partir de ese entonces puso la mansión en venta, pero nunca pudo cerrar el negocio. Durante un par de años estuvo cerrada y abandonada, ya que por superstición o precaución prohibió a sus tres hijos y a su hermano menor visitar aquella casa. Tiempo después Eduardo se mudó y se casó, mientras Francisco y sus hermanos empezaban a asistir a la universidad.

José, el hermano mayor de Francisco, que estudiaba arquitectura convenció a su padre de recuperar la antigua casa familiar, no sin antes hacerle las reparaciones de rigor que se habían hecho indispensables a causa de los años de abandono. Una tarde mientras Francisco se encontraba en el estudio, recibió una llamada telefónica que le dejó la sangre fría. Su padre y su hermano habían muerto en un accidente automovilístico, al parecer habían perdido el control de su auto mientras regresaban a casa después de visitar la mansión para acordar lo de las restauraciones, el auto había salido de la carretera y se había ido a un abismo; ambos habían muerto.

El funeral de don Matías y José fue triste y solitario, para acompañar a la viuda y a sus hijos solo se presentó su cuñado Eduardo, que solo pudo acompañarlos una noche, no sin antes hablar con Francisco acerca de las terribles tragedias que se habían presentado alrededor de aquella casa. Después de la muerte de su padre y de su hermano, Francisco estuvo durante meses atormentado por la misma idea, hasta que una vez, a escondidas y desobedeciendo los consejos de su madre tomó su auto para ir a visitar aquella casa.

Durante horas Francisco removió todos los trastos y cachivaches viejos que pudo, buscó en el sótano, examinó libros y documentos antiguos, pero poco pudo encontrar; estaba ya por darse por vencido, hasta que en un rincón del ático encontró un viejo baúl cubierto de polvo. Al abrir el baúl, pudo encontrar lo que parecían las pertenencias de una dama, además de un diario y una antigua carta. Francisco tomó el diario y lo leyó con detenimiento; sus ojos y su mente no podían creer lo que decía. La tristeza invadió a Francisco cuyas lágrimas brotaban sin parar desde sus ojos para nublarle la visión y corrían como cascadas por sus mejillas, de cuando en vez un enorme goterón caía sobre las hojas del diario que Francisco se adelantaba a secar con cuidado con la tela de su camisa para poder seguir leyendo. Una vez que Francisco hubo terminado el diario tuvo que hacer acopio de todas sus fuerzas para leer la carta. Tenía que leer aquella maldita carta, tenía que entender todo lo que su a su alrededor estaba pasando.

Francisco leyó y releyó la carta una y otra vez para estar seguro de lo que en ella se ponía, una vez estuvo todo claro, un sentimiento de abandono y soledad invadió su pecho, miró a su alrededor desolado y lo único que encontró para quitarse de encima la pena que ahora lo atormentaba, yacía colgado de una pared. Se acercó resignado, la bajó con cautela y apretó con sus manos aquella escopeta, la misma Winchester con la que su abuelo se había volado los sesos años atrás.

Abril de 2015.

2 comentarios:

  1. ¡Hola Andrés!

    Menuda maldición que poseía esa familia, o bien la mansión les maldecía. Pero, vamos, que no has dejado ni a uno vivo. Me pregunto qué pondría en la carta. Qué trágicas palabras terminaron por llevarle a apretar el gatillo.

    Un poquito triste, pero no por ello me ha dejado de gustar. :)

    ¡Abrazo fuerte! ^^

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    1. Como siempre tus comentarios son muy gratificantes Carmen. Solo tengo que decirte que a veces hay cosas que es mejor no saber.

      Un abrazo enorme para vos, gracias por todo mujer.

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