domingo, 8 de marzo de 2015

El misterio de Aguas Verdes Capitulo VI


Ese día arrancaron a las 05:00 horas, todos habían salido de casa con una excusa distinta, lo único en lo que habían coincidido es que iban a estar fuera por unos tres días. Margarita, la esposa de Ríos, no le había creído y él lo sabía, sin embargo se había limitado a decirle un “cuídate” resignada. Se reunieron todos en la plaza central mientras aún estaba oscuro, Estrada fumaba un cigarro para el frío, Castro que se veía incómodo se mantenía apartado, Ríos y Vélez hablaban de algo sin importancia y López tarareaba su odiosa canción. No pasó mucho tiempo hasta que los recogiera un viejo Land Rover SIII de camino a las montañas.

Ríos tuvo el tiempo suficiente de analizar a sus compañeros durante el camino. Vélez era un hombre que rayaba en los cincuenta años, siempre se había caracterizado por su carácter jovial y no hacía mucho que se había retirado de la policía, lo había hecho más por aburrimiento que por incapacidad, sin embargo hacía ya tiempo que todos lo llamaban el viejo y ahora en verdad lo parecía. Por otro lado Castro era un negro alto y fornido de cabeza rapada que no dejaba de quejarse del frío, aunque provenía de la costa, ya hacía unos diez años que trabajaba y vivía en Aguas Verdes, por su aspecto y su actitud seria muchos creían que era de mal carácter pero en realidad se trataba de un tipo muy noble y confiable. Por otro lado López era un sujeto vivaz que ya superaba los treinta, llevaba meses dejándose crecer el bigote y la barba, ese día llevaba puestas unas botas, un fiyá y una pava negras que le daban un aspecto extraño, tal vez un aspecto de mercenario. En tanto Estrada, de baja estatura, con su cabello negro bien peinado y sus lentes, siempre le había parecido un tipo honesto, el típico policía de escritorio al que poco le gustan las calles, ya llevaba unos años de comandante de Guardia en su escuadra y Ríos no se explicaba cuál era el papel que jugaba en los negocios del señor Correa; lo cierto es que ya no le inspiraba confianza.

Fueron unas dos horas y algo más de viaje incómodo entre los saltos y giros del campero que crujía con cada avance, los cinco hombres iban en la parte de atrás hablando apenas lo necesario; iban pensativos, pues no sabían con que tendrían que enfrentarse. Por un instante varias preguntas asaltaron la mente del sargento; ¿qué tal si el día de la muerte de Pastrana y el novato, Correa había encontrado la forma de que la criatura abandonara sus terrenos y bajara por la quebrada hasta dónde ellos la encontraron? ¿Y si Estrada sabía de eso? ¿Y si los había enviado ahí a propósito? ¿Y si todo esto era una trampa?, estaba devanándose los sesos pensando en todo eso cuando en un momento el campero se detuvo y el conductor les avisó con su dialecto ordinario que habían llegado. Ya era de día, el lugar era una finca entre las montañas desde donde se podía divisar Aguas Verdes a lo lejos como una mancha cuadriculada, en la mitad de la finca había una vieja casa de paredes de embutido, altas y blancas con sócalos rojos casi hasta la altura de la rodilla. El suelo era un lodazal húmedo por la constante brisa, un par de establos mal olientes se encontraban a un lado y al cruzarlos, bajando la colina cultivos de marihuana hasta donde la vista alcanzaba.

Una vieja gorda y canosa vestida con harapos y botas pantaneras les hizo señas desde la casa, al entrar, Correa y dos hombres jóvenes visiblemente nerviosos los esperaban. La vieja sirvió agua de panela caliente con huevos revueltos, pan y queso para todos mientras Correa les iba explicando a los policías lo que tenían que hacer. Cruzarían los cultivos de marihuana lo cual les tomaría unos cuarenta o cuarenta y cinco minutos, al llegar al límite tendrían que bajar por una loma y finalmente descender por una cuesta mucho más empinada hasta una quebrada, los dos hombres que los acompañarían conocían bien el camino, sin embargo deberían permanecer alertas.

– ¿Qué armas llevaremos? –Preguntó Ríos inquieto–
– Acompáñenme –Respondió Correa– No se irán con las manos vacías.

Se dirigieron a una bodega posterior de la casa y sobre una mesa de madera encontraron algo que los sorprendió a todos, ante la vista el viejo Vélez no se contuvo al exclamar  con sarcasmo mirando al comerciante:

– Y eso que no es usted un hombre de armas
– Con dinero se pueden conseguir muchas cosas hombre –Respondió Correa con su ya conocida sonrisa– Además, su comandante los conoce bien y me ha pedido que los consienta. Igual, me encargó unos... ¿AR-15?, creo que se llamaban así, Medina dijo que eran buenos, pero esto es lo que hay.

Cuatro AK-47 reposaban sobre la mesa cargados y listos para usarse, acompañados por dos cargadores adicionales para cada uno, una M-60 con cadena para 200 balas, una escopeta recortada Winchester calibre 12 similar a la que estaba acostumbrado a llevar López y una Uzy que tomó el comerciante pasándosela directamente a Ríos mientras le decía:

– El teniente Medina, me dijo que esta era especialmente para usted sargento, tal como le gustan.

Además en la mesa había dos granadas de mano que de inmediato se apañó López y revólveres calibre 38 para repartirlos entre los otros. Castro, sin dudar le echó mano a la M-60 y los demás se conformaron con los AK-47.

– ¿Y cómo nos comunicaremos? –Preguntó Ríos frunciendo el ceño–
– Lo siento sargento, eso si que no, sin radios esta vez –Respondió Correa cruzando los brazos– Ya sabe que no podemos arriesgarnos por lo de los militares rondando y esas cosas. Así que una vez bajen ahí, quedan por su cuenta. Sin embargo, si es importante que lleven esto –Les dijo sacándose una cámara fotográfica del bolsillo– y pasándosela a Estrada.

– ¿Para qué es eso? –Preguntó el viejo
– Es la forma como me van a comprobar que si se deshagan bien de la criatura.

Los hombres se miraron unos a otros arrugando el ceño y al cabo de un momento siguieron revisando lo que tenían entre las manos.

– ¿Cuánto tiempo llevas sin tocar un juguete de verdad –Le preguntó Castro a Estrada–
– No tanto como para olvidar como se usa –Respondió Estrada montando su arma–
– Parece ser que por lo que vamos es grande –Dijo Vélez mirando su fusil– nunca porté uno de estos.
– No son de uso militar en nuestro país –Respondió Estrada– De hecho son ilegales.
– Aún estás a tiempo para arrepentirte viejo, ya no estás para estos trotes –Añadió López, en tono de burla–
– Te sorprenderías de lo que este viejo puede hacer y tú no, muchacho –Respondió Vélez moviendo la pelvis de forma obscena–

Todos rieron a carcajadas, ese era el viejo Vélez que recordaban. Después de un momento, el sargento Ríos añadió:

– Señores, entre más rápido empecemos, más rápido regresamos a casa, así que vamos.

Avanzaron tal cual se los había indicado el propietario de casa, siguiendo a los dos jóvenes que parecían estar un poco por encima de los veinte años, serían tal vez de la misma edad del novato pero en sus rostros se notaban los rasgos indígenas de los campesinos de la zona. En un momento Ríos se acercó más a Castro para hablarle:

– Esa cosa que llevas es pesada e incómoda, debiste pedir algo más ligero.
– No se preocupe mi sargento –Respondió Castro con su acento ronco– soy capaz de llevarla sin quejarme, además seguro será útil.
– Está bien si tú lo dices por mí no hay problema. Otra cosa, cuidado con los mocosos, no podemos confiarnos y… cuidado también con Estrada.
– Lo sé sargento –Respondió de nuevo Castro– no les quito el ojo de encima.

Estrada que avanzaba un poco más adelante y había alcanzado a oír algo respondió en voz alta:

– Tranquilo mi sargento, pierda cuidado conmigo que estamos en lo mismo, y con los chicos; si, hay que tener cuidado, no sea que les pase lo mismo que le pasó a Sánchez.
– ¿Y estos chicos si saben...? –Preguntó Castro, mirando a Estrada y torciendo la boca–
– Saben lo que les pude enseñar, –Respondió Estrada– Espero que sea suficiente.

Mientras avanzaban un poco más, López que ya empezaba a sentir cansancio, le preguntó a Vélez solo por hacerse el listo:

– ¿De verdad quieres hacer esto? Mira que el descenso es duro, pero después subir…
– Deja de hablar y camina –Respondió el viejo– y si no puedes, avísanos para bajarte cargando, por la subida no te preocupes, nadie garantiza que vamos a regresar.
– Silencio –Exclamó Ríos deteniéndose de repente–

A lo lejos, se podía oír un rugido, era similar al grito de un enorme simio en celo. La bestia los estaba esperando.

4 comentarios:

  1. Uuuuuuhhhhh.... Cómo has dejado el capítulo... Me imagino esa escena y ese rugido y se pone la piel de gallina :S

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    1. je, je, je, muchas gracias por tu comentario Ángela. Un abrazo.

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  2. ¡Hola!
    ¡Qué interesante! Por fin empieza la cacería ¡jujuju! ¡Qué ganas de saber qué demonios es el bicho ese! Y encima con este final, me has dejado KO, jeje
    ¡Hasta la próxima! Un abrazote :)

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    1. Hola, Carmen.
      Ja, ja, ja, muchas gracias por pasarte y comentar. Me alegra que te guste.

      ¡Un abrazo para vos también!

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