sábado, 7 de enero de 2017

AGNÍ OMORFÍA

Quedaban pocos días para crear una realidad diferente, pero de repente me volví pasado y según lo que dicen el pasado es pasado; ahora debo seguir caminando solo, recordando el sueño que nunca fue y cargando con la culpa de esa pena.

¿Cómo entender a alguien que siempre tiene el pretexto perfecto y la excusa ideal en el momento preciso? ¿Qué hacer cuando las raíces de tus ilusiones se secaron y se retuercen petrificadas sobre el polvoroso suelo? ¿Qué hacer cuando la savia que  te nutría, dejó de fluir de forma imprevista y el tallo que sostenía tus planes ha sido devorado por los gorgojos de la desconfianza? ¿Qué se puede hacer cuando las flores de tus sueños se marchitaron de repente y las hojas que te cubrían de la intemperie fueron arrasadas por el gélido viento de la indiferencia? ¿Qué hacer cuando te das cuenta que los frutos que pensabas recoger, jamás nacieron? ¿Qué hacer con esos seres maravillosos que no entienden que la magia proviene de su interior, que los dioses no toman partido de sus equivocaciones y que deben aprender a responsabilizarse de sus errores?

Es hora de viajar y no detenerme, guardar los sueños inconclusos en el fondo del maletero de mi placard y las cartas con aquellas letras manchadas por las lágrimas, en el rincón más profundo, del cajón de la mesita de noche; el camino por recorrer es largo y ahora debo hacerlo completamente solo. Que las ruedas en la carretera a noventa por hora en plena media noche me muestren el camino, sin que importe el hecho de tener unas cuantas de más en la cabeza.

El día es azul y eso no se puede cambiar, al menos no para mí y la belleza escondida en la fría y lejana tarde de una remota ciudad, parece ahora más distante que nunca. Los brindis privados hoy son cosa del pasado y es improbable que reaparezcan en el futuro.



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