lunes, 10 de agosto de 2015

Sábado 14 de agosto de 2010, más tarde aún…

Sábado 14 de agosto de 2010, más tarde aún…

Acabo de comer algo y ya no puedo soportar las ganas de escribir la forma como llegó el espejo a mis manos o más bien a mi ventana, como si alguien algún día fuese a leer mi diario y esta fuera una historia que mi desconocido lector debiera conocer en todos sus detalles, aunque también tengo miedo de escribir sobre él, como si se tratara de algo peligroso para mí.

Este espejo del que no he podido retirar la vista ni un solo momento durante toda la tarde, me causa una extraña sensación. No lo veo como un mueble cualquiera, sino que me da la sensación de compañía, una compañía que por algún extraño motivo desearía que no estuviera aquí esta noche y en cierto modo paranoico me recuerda la mirada de aquel joven ayer en la tarde. ¿Por qué no puedo sacar de mi mente a ese joven?

Empezaré por decir que esta mañana, al asomarme a la ventana después del insistente golpeteo, me sorprendió ver a un par de hombres de una empresa de correos mirando para todos lados como si dudaran donde deberían entregar sus paquetes; uno era un hombre gordo, con un espeso y desagradable mostacho negro y mal arreglado, (seguro que se le llena de sopa y arroz cuando come) de mediana estatura al que sin duda le quedaba muy apretado el uniforme de la empresa de correos; sostenía su gorra y una tabla con algunos papeles con la mano izquierda, mientras con la otra se rascaba la cabeza calva afanosamente y decía: “Aquí debe ser sin duda”. El otro era un muchacho joven de unos 22 años, delgado, que llevaba puesto un cinturón negro que le cubría casi todo el abdomen lo cual ocultaba un poco su mala postura y con la gorra calada casi hasta los ojos.
Al saludarlos, por la ventana el joven me respondió:

– Buen día, señor, Es usted el padre Sebastián Moyano ¿Cierto?
– Si señor ¿En qué puedo servirles?
– ¿Ves? ¡Te dije que aquí era!, –Interrumpió el gordo en un tono de reproche y con una voz tan ronca y gutural que hizo que se me erizaran los vellos de los brazos–. Tenemos un paquete para usted.
– ¿Para mí?
– Oiga, es usted el padre que publica esos artículos en la prensa ¿Cierto? –Dijo el joven, mientras me sonreía burlonamente y puedo jurar que los ojos le brillaban de un color azul pálido–
– Si, yo soy.
– ¿Sería tan amable? –Interrumpió el gordo de nuevo–, señalándome con un gesto la puerta.
– Un momento, por favor.

Entré y me puse mi bata de baño, tomé las llaves que se hallaban colgadas junto a la ventana y cuando abrí la puerta, los dos hombres sostenían una enorme lámina envuelta en papel rústico frente a mí, el gordo me extendió la tabla con los papeles y me dijo:

– Firme aquí, por favor.
Firmé y los dos hombres sin decir nada, procedieron a entrar el singular paquete en mi apartamento y dejarlo recostada sobre la ventana, donde permanece aún, ahora sin el papel protector.
– ¿Quién envía esto?, –Pregunté–.
– No sé, no dice el remitente –Contestó el gordo–
– Pero, debe ser un error…
– ¿Es o no es usted el padre Sebastián Moyano Escobar? –Me preguntó el gordo en mal tono–
– Si.
– ¿Es o no es esta su dirección? –Mientras me mostraba de nuevo los papeles–.
–Si claro, pero…
– Pero ¿Qué?
– Muy pocas personas saben que vivo aquí, ¿cómo supieron mi dirección? Es más, esta casa ni siquiera tiene número y....
– ¿y…? Pues dudo mucho que fuera en el lote de enseguida, además ¡Preguntamos y ya, sanseacabó! –Replicó el gordo usando de nuevo su tono–
– Pero…
– Señor nosotros solo cumplimos fielmente con nuestro trabajo como lo hemos hecho siempre, somos mensajeros y ya –Me interrumpió el joven con una sonrisa y una mirada que me intimidó aún más que el tono grosero del gordo–

Sus respuestas no me convencieron, ¿A quién podrían preguntarle? Nadie me conoce por aquí. Recuerdo que después de abrir la puerta de mi apartamento, cuando fui a abrir la puerta del corredor esta tenía llave, pasador y no parecía que nadie se hubiera levantado antes de mí; no había nadie más en la calle ¿quién podría decirles cuál era mi ventana?, Además, ¡es cierto! cuando abrí la ventana los hombres no tenían ningún paquete en sus manos, ni en el suelo, ni había un camión repartidor alrededor, así que ¿De dónde se sacaron un espejo de dos metros de alto por un metro de ancho en menos de dos minutos?.

Después de mirar con resignación mi enorme paquete me dirigí a despedir a los dos hombres y a cerrar la puerta acción que no me tomó más de seis segundos, pero de nuevo no había nadie en la calle, lo que me pareció más raro aún. Llamé a la empresa de correos donde me respondió una adormilada recepcionista, que después de media hora de espera al teléfono y explicarle más de siete veces distintas lo sucedido terminó por concluir:

– Lo siento señor Moyano, no hay ningún envío para usted el día de hoy, ni mucho menos a esa dirección. ¿Algo más?
– No, nada más muchas gracias señorita –Fue mi respuesta–
– Con gusto señor Moyano, que tenga un buen día y recuerde que estamos para servirle.

Pero eso no tiene tanta importancia, mis dudas me asaltan de nuevo. Ya no sé si todo en lo que he creído siempre sea cierto y a veces siento que no me escuchas, ¿Cómo puede haber tanta injusticia en el mundo? ¿Es cierto eso que me enseñaron? ¿Por qué no soy yo también testigo de un milagro que me devuelva la fe?, a veces quisiera tener a mi Dios ante mí y poder hablarle, pero basta de oraciones, lo que quiero es una conversación, una conversación en la que te pueda preguntar y obtener respuestas, quiero escuchar su voz, saber que lo que estoy oyendo es cierto y no solo el producto de mi imaginación desesperada por las dudas que tengo. A veces quisiera saber cómo cosas tan crueles pueden sucederle a personas que no se lo merecen y también cómo pueden haber seres humanos tan repugnantes a los que no les da remordimiento dañar a los demás.

Sé que hay muchos errores en la redacción de mi diario, y probablemente tendría que volver a escribir todo lo que he escrito el día de hoy, pero irónicamente eso sería pecar por orgullo, por otro lado este es mi diario y me doy el lujo de escribir lo que pienso, como lo pienso, a diferencia de los elaborados artículos para un periódico en el que ya no quiero trabajar. Además estoy muy cansado para releer lo escrito y reescribirlo hasta que quede bien.

4 comentarios:

  1. ¿te parece raro en serio? Bueno, vamos a ver...

    Abrazo, gracias por pasar.

    ResponderEliminar
  2. Mmm... así que así es como llega el espejo a sus manos... Sospechoso sí que lo es. Entre el tipo trajeado y el espejo, algo raro está pasando, ¿no?

    Bueno Andrés, otro día más, que si no mañana ya verás tú... Estaré KO jejeje

    Besos! Y que empieces bien la semanita ^^

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Un beso grande Carmen, como siempre un gusto teneros por estos lares.

      Eliminar