domingo, 5 de febrero de 2017

El Calvario

Ver cruzar a una figura como aquella las calles del Calvario, era algo que resultaba cuando menos interesante, para los rostros sucios que habitaban ese rincón olvidado por la sociedad, incrustado en pleno corazón de la capital vallecaucana. Decenas de hombres, mujeres, ancianos y niños malolientes levantaban la mirada de sus frascos de pegante, se distraían por un momento de sus cigarros de marihuana y basuco o dejaban descansar en el suelo por un momento los costales llenos de cacharros inservibles, solo para fijarse en el extraño que caminaba despreocupadamente, como si lo hiciera por los pasillos de un lujoso centro comercial.

La guayabera blanca impoluta de aquel hombre, reflejaba casi que por completo la luz del intenso sol de media tarde de la calurosa ciudad y contrastaba con el negro azabache del pantalón de dril y los zapatos elegantes con los que iba vestido. Pero un detalle llamaba mucho más la atención de los raponeros y atracadores que empezaban a merodear por las esquinas como gallinazos cuando detectan un animal muerto; era el portafolios que llevaba aquel individuo en la mano izquierda y que mecía tranquilamente al caminar, mientras cientos de ojos enrojecidos por la droga se posaban en él, hipnotizados como los ojos de un niño que se encuentra con un juguete nuevo.

Al principio nadie se atrevía a acercarse al hombre, de hecho entre delincuentes, mendigos, drogadictos y recicladores le abrían paso, y solo se paraban a mirarlo sorprendidos por su presencia. Lo que seguro cruzaba por las mentes embrutecidas de muchos, era que podría tratarse de uno de los "patrones" de las numerosas bandas de sicarios que campaban a sus anchas en las construcciones abandonadas de las calles del Calvario. Sin embargo, esa pseudoinmunidad duró poco, pues ningún jefe criminal andaría caminando, solo y sin escolta por aquellos tugurios y calles agrietadas llenas de basura, con la única protección aparente de un par de lentes de sol. Lo más seguro es que se trataba de algún despistado que sin conocer bien la ciudad, se había echado a caminar buscando alguna dirección y había terminado metido, sin saber, en la boca del lobo. Sin embargo, aquel individuo no parecía asustado, de hecho se le veía caminar tranquilo e incluso confiado, a pesar de que por muy despistado que fuera, ya debería saber perfectamente que no se encontraba en la mitad del paraíso.

La tranquilidad de aquel sujeto, indicaba para muchos con claridad, que seguro llevaba su "porte" encima y seguro le resultaba fácil que no se notara bajo las anchas faldas de la camisa, por eso tal vez, los rateros de poca monta no se atrevían a intentar nada, pero aquel sujeto ya había llamado demasiado la atención y ya eran muchos los que estaban alerta con su presencia. Efectivamente, al llegar a una esquina, el hombre se detuvo bruscamente, levantando la mirada, percatándose de las tres figuras que le cerraban el paso de frente y armados con sendos changós. Solo una gota de sudor que recorría la frente del extraño, podría haberse interpretado como síntoma de miedo, sin embargo a tan elevada temperatura, no era raro que alguien transpirara.

Un par de insultos escaparon de las bocas de los asaltantes, seguidos de inmediato por una voz silbante que susurraba un lascivo "pasame la maleta malparido, si no te chuzo" justo detrás del hombre, mientras lo amenazaba con un puñal oxidado que bien hubiese podido servir para destazar elefantes. Por un momento, los mirones contuvieron la respiración, esperando que el sujeto de la maleta reaccionara y desencadenara un tiroteo para defenderse de quienes lo amenazaban, pero quedaron decepcionados al ver como el sujeto se limitó a entregar el portafolios tranquilamente, sin oponer resistencia y sin quejarse siquiera. Al instante otros dos individuos se acercaron desde atrás y con rapidez requisaron al hombre, asegurándose de que no llevara armas y lo obligaron a entregar  la billetera, el teléfono, vaciar los bolsillos, quitarse los zapatos y los lentes entre puñetazos y puntapiés; pero a pesar de todo eso, el hombre no parecía inmutarse y solo se limitaba a cubrirse el rostro de los golpes con los brazos doblados a lado y lado de la cabeza.

Los asaltantes, una vez tuvieron todo lo que podían obtener de aquel pobre diablo, lo amenazaron por última vez y se echaron a correr; perdiéndose entre los escondrijos de los edificios ruinosos, mientras fuertes chiflidos y burlas inundaban el ambiente, condimentados con algún que otro insulto, dirigidos todos al hombre que acababa de ser robado, por meterse donde no debía. Sin embargo, ni siquiera en ese momento, el hombre mostró señales de rabia o temor; simplemente se limitó a pararse, sacudirse un poco y a seguir caminando en calcetines, a paso ligeramente más rápido, por entre las calles llenas de suciedad, dejando atrás a la masa de seres agresivos que lo acosaban. De hecho, quienes cuentan los hechos, dicen que incluso le veían sonreír.

El hombre no tardó mucho en terminar de cruzar el barrio y unas calles más adelante, una Pathfinder negra de vidrios polarizados que se movía a toda velocidad; se detuvo en seco justo a su lado, abriendo las puertas de par en par, para que él saltara dentro. Una vez estuvo en el interior del vehículo, la camioneta cerró la puerta de un golpe y reemprendió la marcha a toda velocidad, perdiéndose entre el tráfico del centro de Cali.

Un rato después de haber sucedido los extraños hechos con el hombre del portafolios que huyó sin dejar huellas, varias máquinas de bomberos se movilizaban a toda velocidad, desde la Avenida de Las Américas, hacia el barrio El Calvario, con las sirenas chillando desesperadamente, mientras en la radio, los locutores amarillistas comentaban de la terrible y desconcertante explosión que había tenido lugar una media hora antes y que había dejado una cantidad incontable de victimas de todo tipo en una de las zonas más deprimidas de Cali.

Entre tanto, los vecinos habituales de la Plaza de Caicedo, señalaban sorprendidos el enorme pendón que se había desplegado desde la terraza de uno de los tantos edificios comerciales y que rezaba lo siguiente:

"La guerra contra el crimen, apenas empieza"

2 comentarios:

  1. Menudo comienzo. Está claro lo que llevaba el portafolios.
    Un abrazo.

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    1. Un abrazo de regreso para ti María, un gustazo verte por estos lados de vuelta.

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