domingo, 1 de febrero de 2015

El misterio de Aguas Verdes Capítulo I


El sargento Ríos iba como de costumbre en el asiento del copiloto de la Chevy Luv identificada con los logo símbolos desteñidos de la policía. Era una molestia salir a patrullar a esa hora de la noche, sobre todo hacerlo por esos callejones abandonados de la mano de Dios, llevaba sobre las piernas la Uzy que solía llevar como dotación; “no me gustan las armas largas, son más estorbo que otra cosa” –le decía siempre al patrullero encargado del armerillo– “pero tampoco me siento seguro con un revólver de medio peso, uno nunca sabe con qué se puede encontrar en el camino”, a su lado, conduciendo la patrulla iba Sánchez, un chico imberbe recién egresado de la academia que desde que llegó a la estación se ganó la simpatía del comandante y uno de los puestos como conductor de la patrulla. Sánchez solo llevaba encima un calibre 38 pero todos suponían que no necesitaba más pues su principal función en caso de alguna eventualidad era proteger el vehículo. En la parte de atrás López con su confiable escopeta calibre 12 y las dos granadas en el arnés iba a la mitad, a sus lados Castro y el experimentado Pastrana armados con sus fusiles Galil. Los cinco formaban la única patrulla de la segunda escuadra, mientras en la estación solo quedaban el comandante de guardia con el armerillo jugando a las cartas mientras tomaban café y los dos centinelas apostados en las puertas.

El comandante de guardia había recibido una llamada avisando de movimientos extraños en uno de los callejones de la zona rural, por lo que de inmediato los había contactado. Al oír el radio Ríos y sus hombres pasaban por la plaza central del pueblo, se dirigían a la estación buscando donde aparcar el vehículo y dormir una siesta antes de hacer un último recorrido. La llamada por el radio no cayó bien entre los hombres que mascullaron entre dientes alguna palabrota, mientras Ríos se limitó a decir con una sonrisa de amargura: “lo siento señores, pero hay que trabajar”. Era probable que solo se tratase de un grupo de jóvenes drogándose en los callejones que con seguridad al ver acercarse a la patrulla se dispersarían por el sitio mientras los policías frustrados no encontrarían mucho más que el rastro de olor a marihuana; situaciones como esas se presentaban cada tanto; sin embargo había algo de ese llamado que inquietaba a Ríos por lo que le pidió a sus hombres estar alertas y con los ojos bien abiertos, esa noche no quería sorpresas.

Al llegar al sitio, un cruce de caminos entre los callejones en tierra, Ríos bajó del vehículo con la Uzy en las manos, mientras los de atrás hacían lo propio y Sánchez bajaba las luces de la vieja Luv. Revisaron en todas direcciones con sus linternas pero no notaron movimientos extraños.

– López, acompáñame –Dijo Ríos inquieto y con mal gesto– vamos a revisar más adelante, los demás se quedan aquí, pendientes por si pasa algo.

López lo siguió de cerca tarareando una canción con su andar confiado y la escopeta recostada al hombro iluminando el camino con su linterna, mientras por el radio se oía un llamado perezoso del comandante de guardia:

– 512 mi sargento, ¿alguna novedad?
– 520 en el sitio indicado Estrada, sin novedades al momento.

Avanzaron unos trescientos metros hasta llegar a un rustico puente que cruzaba una quebrada, miraron en todas direcciones por unos minutos sin encontrar algo que llamara su atención, hasta que López indicó, señalando con la escopeta hacía los matorrales:

– Mi sargento ¿qué es eso?

Al mirarlo desde lejos parecía un extraño bulto de carne blanquecina que emanaba una sustancia babosa y pegajosa.

– ¿Pero qué putas es eso?, –Se preguntó Ríos mientras llamaba por el radio a la patrulla– Sánchez, dígale a Castro que avance, necesitamos otros dos ojos. Pastrana que continúe en su sitio.

Castro que era un negro enorme no tardó mucho en acercarse al trote con su Galil colgado que le quedaba como juguete, aunque el flaco Pastrana tenía mejor tiro o eso suponían todos, Ríos confiaba en la fuerza de Castro; siempre era bueno tener un tipo rudo al lado por si las cosas se ponían feas. El sargento que estaba más cabreado ahora, se acercó con cautela a la masa de carne, mientras se sentía un olor a amoniaco en el ambiente.

– ¿A qué huele mi sargento? –Preguntó Castro con su acento ronco, retorciendo la nariz al llegar–
– No tengo idea pero voy a averiguarlo, listos para cualquier cosa y López… cuidado con esa puta escopeta.

Al examinarlo, Ríos no supo qué opinar de la repugnante masa blanca que chorreaba y botaba un halo de vapor, la visión le recordó una especie de placenta, pero debía tratarse de un animal enorme para ser algo de ese tamaño. No quería llamar aún a la estación sin saber bien que era pues no le agradaba la idea de pasar por tonto haciendo alboroto por alguna memez. De repente un ruido se oyó entre los matorrales a lo lejos, era un grito similar al de un simio, que los sobresaltó a todos por un momento, luego todo otra vez en silencio. Castro y López nerviosos alistaron sus armas, sin embargo Ríos los aplacó con una orden de alto al fuego. Quedaron desconcertados por un par de minutos sin saber qué hacer, alumbrando en todas direcciones cuando atrás a lo lejos se escuchó una ráfaga de tiros que sin duda salía del Galil de Pastrana.

Mientras corrían de regreso Ríos llamaba a Sánchez desesperado por el radio, pero este no contestaba, al llegar al sitio la imagen no podía ser más dantesca. La parte delantera de la patrulla con las luces aún encendidas y el sonido incesante del pito, estaba aplastada como si le hubiera caído una enorme roca encima, Pastrana yacía tendido en el suelo aún con el fusil en la mano, tratando de balbucear algo entre vómitos de sangre, sin embargo la abertura de su pecho era enorme, no le quedaban más que unos minutos de vida. Por otro lado el joven Sánchez permanecía aún en el asiento del conductor con la cabeza estallada contra el volante, al parecer había intentado encender la marcha, pero algo había entrado por la ventanilla izquierda destrozando el cristal y lo había alcanzado. Además de eso un largo hilo de baba amarillenta cristalina se alejaba de los cuerpos y se perdía entre los matorrales.

Castro estaba medio petrificado por la imagen y López trataba de auxiliar en vano a Pastrana, Ríos gritaba códigos al azar como loco por el radio mientras Estrada al otro lado trataba de comunicarse con la única ambulancia del pueblo mientras repetía que el apoyo tardaría. Esa noche Ríos y sus hombres eran la única patrulla disponible.

8 comentarios:

  1. Buenas!!!! Qué tal?? Oye esta súper bien y me dejas con la intriga de que será eso que se va entre los matorrales. Un abrazo!!!

    ResponderEliminar
  2. Hombre, muchas gracias Quim, más que un halago viniendo de tu parte. Te cuento que ya están disponibles los capítulos 2 y 3, con los links habilitados. ;)

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. los he visto jeje y decirte que voy a leerlos ;) quiero saber lo que pasa. un abrazo!!!

      Eliminar
  3. ¡Hola Andrés!
    ¡Qué tensión! ¿Pero qué diablos era esa cosa pegajosa? ¿¿Y qué ha salido de los matorrales, capaz de destrozar el coche patrulla, aplastar la cabeza del pobre conductor y atravesar el pecho del otro??
    ¡Qué comienzo más inquietante! Me has dejado enganchada ;) Ya he visto que tienes más capítulos colgados, tendré que ponerme al día, ¿eh?
    Muy bueno, lo comparto :D
    ¡Abrazos! ^^

    ResponderEliminar
  4. Pues dama, tendrás que averiguarlo en los otros capítulos.

    Un abrazo enorme!!

    ResponderEliminar
  5. Uhhhhhh... vaya vaya vaya... encuentros en la tercera fase... Esto pinta a historia de las que me gustan. Voy a por el siguiente capítulo!
    Un descubrimiento que me encontraras y encontrarte yo a ti!!
    Un saludo!

    ResponderEliminar